jueves, 29 de enero de 2009

El funcionamiento del cerebro I: Imágenes

Me cruzo con una chica con bolsas de la compra. Tiene la espalda muy recta y cara de seta. Cara de seta, cara de seta... ¿Dónde he visto yo antes esa cara de seta? Caradeseta al lado de otra persona, caradeseta al lado de un chico, un chico simpático, chico simpático con perilla al lado de la chica con cara de seta, caradeseta detrás del mostrador, caradeseta y el chico simpático detrás del mostrador, ¿qué mostrador? En el barrio, tiene que ser en el barrio por lógica aplastante (en mi cerebro la gente de mi barrio siempre está en mi barrio y yo soy la pobre desgraciada que tiene que salir de excursión cada día -adiós muchachos compañeros de mi vida- en el metro, a otros barrios, para ganarse el pan-). Caradeseta detrás del mostrador, del mostrador de mi barrio, y el chico simpático, el chico simpático con perilla que me habla mientras caradeseta mira hacia otro lado, rellena facturas, hace preguntas absurdas al chico simpático, chico simpático que sonríe detrás del mostrador con caradeseta que sólo pone cara de seta detrás del mostrador de.


- Hoy he visto por la calle a la chica del Carlin.
- ¿Tenía la misma cara de seta?
miércoles, 28 de enero de 2009

En qué creen los sicarios

Tenía que fotografiarlo. Llevaba semanas esperando un soplo así y por fin acababan de llamarme. Tienes entre cinco y diez minutos, ni uno más. Será en la catedral. Estaba tumbado sobre mi cama fumando cuando sonó. Creo que tuve suerte. Minutos antes se habían activado las alarmas antiaéreas, pero no sé bien por qué no corrí al refugio excavado en los sótanos, supongo que tuve un golpe de intuición. El caso es que sin perder ni un segundo me calcé y me puse la chaqueta, amén de la cámara, que en días como aquellos llevo siempre colgada al cuello incluso cuando duermo. Tomé la mochila y corrí escaleras abajo por aquel antiguo ejemplar de desvencijados escalones. Recuerdo la estampida de las palomas que se cuelan por los cristales rotos de la linterna del edificio; eso, y que querría haberme enjuagado un poco la cara antes de salir. Bah, gajes del oficio. Ya abajo volvió a aliárseme la suerte de nuevo, pues pensé deprisa y bien en lo concerniente al modo más rápido de llegar a la catedral. No estaba cerca y no disponía de vehículo alguno. Aquello pondría a prueba mis piernas y mis pulmones.
Encaré mi calle en dirección a la zentralstraβe después tomaría alguna de las calles que la cruzan a partir del viejo parque que se halla al final de la misma. Todas éstas desembocan invariablemente en la gran avenida. Desde ese punto tendría que correr unos cuatrocientos metros en curva. Por suerte serían cuesta abajo.
Pero volvamos atrás. Creo que no había abandonado todavía mi calle cuando empezó el espectáculo. Aquellos malditos aviones que podíamos oír pero no ver habían empezado a desovar. Había llovido y se veían charcos por todos lados. Sus aguas temblaban con el tronar de las bombas aunque por el momento estuvieran descargando lejos, del otro lado del río. En cualquier caso, sabía de sobra que pronto vendrían hacia aquí. Era el mismo recorrido que llevaban haciendo durante los diecisiete días desde que comenzó el bombardeo.
Puse todo mi empeño en aquella larga carrera. Tenía entre cinco y diez minutos para llegar y tomar mi fotografía.
Al alcanzar la zentralstraβe viré en dirección al parque, cuya frondosa exhuberancia no había sido tocada por las bombas. Me pareció especialmente ridículo en aquella calle tan castigada por los bombardeos, cuya calzada estaba surcada de boquetes de gran grosor, como un rostro picado de viruela. En cuanto a sus edificios, muchos estaba en ruinas, tantos que me daba el aspecto de una boca desdentada. Pero qué más daba aquello si lo que buscaba estaba en la catedral.
Alcancé el parque, con sus hermosas verjas art nouveau, y tomé la primera calle en dirección a la avenida. Las bombas venían desde el otro lado del río hacia la parte de la ciudad en la que estaba. Pronto nos cruzaríamos, podía oír las explosiones cada vez más fuertes. Justo entre la calle que hace esquina con el parque y la avenida había, formando una pirámide, un montón de cadáveres a los pies de una camioneta. Los debían haber llevado hasta allí para transportarlos a algún lugar donde enterrarlos y debió sorprenderles entre tanto la tormenta. Corrí hacia el camión con la esperanza de que se hubiesen dejado allí las llaves puestas pues el tiempo apremiaba y mis piernas daban síntomas de debilidad. La puerta estaba abierta, pero ni rastro de las llaves. Cagándome en sus muertos, tomé aire y dejé atrás aquella puta barca de Caronte que tan buen servicio me hubiese hecho. A correr tocaba. Corrí tanto como pude, diez, veinte, treinta, cincuenta metros en curva y aún no podía ver la catedral. Miré el reloj, faltaban apenas dos minutos y la vida me iba en aquella foto. De pronto, el estruendo se hizo insoportable. Creo que lo último que oí antes de quedarme sordo fue el crujir de los cristales. Por instinto, me eché al suelo buscando, mísero, un triste techo que me resguardara; di con el ridículo toldo de tela de una tienda de ultramarinos. Tronó la tierra y las piedras saltaron por los aires. Después una enorme nube de humo me cegó. Tosía sin parar pero no podía oírme. La acera temblaba ante el azote de las bombas, y yo, insisto, intentaba respirar bajo una atmósfera de tierra, polvo, pólvora y metales. De pronto, una miríada de piedras como puños cayeron sobre mí producto de una explosión cercana. Después, toda aquella hecatombe de piedras, hierro y muerte fue dejándome atrás. Seguía vivo. Con el rostro tapado bajo la chaqueta, traté de incorporarme y continuar camino abajo. A tientas anduve bajo la nube. A mis pies, cascajos, maderas y metales yacían repartidos por la acera. No había tiempo que perder, por lo que no esperé a que aquella nube se asentara. Continué como fuera y producto de ello me corté en la manó al palpar los afilados restos de un escaparate. Emití un gruñido animal, apreté el puño y seguí hacia la catedral.
A medida que avanzaba, el polvo iba tomando tierra también y entre las sombras lograba empezar a distinguir ciertas siluetas. Los diez minutos se habían cumplido sin duda y traté de acelerar el paso. Aunque no podía verla, sabía que allí estaba al fin, a un golpe de vista si no hubiese tanto polvo, a apenas cien metros de donde me encontraba.
Tosí, carraspeé y escupí. Después me lancé a la carrera con la mano herida por delante para evitar darme de frente contra algo. Segundos después estaba en la catedral.
A medida que aquella cortina de humo se desvanecía emergía el lastrado cuerpo de la ciudad. Elegantes edificios semiderruidos, otros completamente reducidos a escombros. Alguno sorprendentemente intacto. Otros desgarrados, descascarillados, doblegados, hundidos, socavados o prendidos en llamas. Y ante mí la catedral, o lo que quedaba de ella, con su soberbio campanario erguido sobre un montón de escombros. Un increíble montón de piedras derruidas del que emergían puntiagudas vigas. Conjunto que producía la impresión de un enorme costillar de ballena boca arriba. Pero qué importaba. Seguramente habían pasado quince minutos o más. Tal vez no tendría foto. Sólo podía esperar, qué otra opción me quedaba. Distendí malamente la palma de mi puño. No era una herida tan mala. La hemorragia se había detenido y la sangre reseca me impedía abrir el puño bien. Estaba llena de mierda. De pronto oí algo como de lejos, muy muy a lo lejos. Eran unas campanadas. Levanté la cabeza y vi que eran las doce en punto. La nube de polvo había desaparecido y ahí estaba la vencida catedral dando las doce. Y entonces apareció. Hizo su entrada desde la derecha, siguiendo el trazado mismo que minutos antes siguiera la aviación. Ahí llegaba ella a bordo de un flamante rolls royce negro. Agarré con fuerza la cámara y corrí. Pude tumbarme a tiempo a unos quince metros de la parte delantera del coche y disparé fotos sin descanso desde el momento mismo en que se abrió la puerta trasera del vehículo. Primero apoyó un pie. Un hermoso zapato de tacón rojo, un tobillo fino con medias negras asomó primero bajo la puerta. Después salió ella, altísima, altísima y delgada, tocada con un pamela roja sobria y elegante. El rostro anguloso tras un pequeño velo de finas rejillas. Se detuvo ante la puerta y se volvió hacia el asiento ligeramente agachada. Llevaba un vestido raso de negro riguroso hasta la altura de las rodillas. Se cubría los hombros con una pieza de piel y llevaba largos guantes negros también. Qué está haciendo pensé. Por fin lo supe. Bajo la puerta apareció de pronto, de un saltito, un chiguagua enano de patas temblorosas. Una vez en la acera, la señora avanzó con paso decidido hacia la catedral. En una mano llevaba la correa del perrito y en la otra un cigarro largo y fino sujeto a una elegante boquilla. Cuando llegó hasta los desmoronados escombros de la catedral se detuvo, se cambió de mano la correa del chucho y hurgó en su bolso. Extrajo una reluciente moneda dorada y sin muchos aspavientos la lanzó al aire sobre aquellos montones de piedra y vigas. Después se dio media vuelta y volvió a adentrarse en su coche. Por último tiró de la correa y el chiguagua, que miraba impertérrito en la acera a todos lados, se metió de un salto él también. Después el coche arrancó de nuevo y continuó su recorrido en la misma dirección de los aviones.

En qué creen los sicarios acaparó multitud de premios a la mejor foto del año. La vida me iba en ello, como dije.
martes, 27 de enero de 2009

retrospectiva

(paisaje): quince edificios superpuestos forman escalones en la colina de la ciudad. la mayoría tiene en cada piso dos balcones y unas cuantas ventanas; las ventanas que quedan libres se enganchan unas a otras con largas liñas de color verde que combinan, en algunos tramos, con otras de color rojo. de los tendederos cuelgan ropas multicolores y sábanas gigantes.

(foto): una camisa de fuerza está colgada de un tendedero, en un patio interior, y un rayo de sol va directo hasta una de las mangas con correas que cae un metro hacia abajo.

(retrato): una pareja apoyada en un balcón de uno de los edificios de la colina. ella, esbelta y rubia, con un traje ajustado ronda los cuarenta y apoya una mano sobre la baranda mientras con la otro se toca el pelo. él, igual de alto, con una calvicie rasurada y arreglada, algo más viejo que ella, sin camisa muestra su torso desnudo, y aprovecha los pocos rayos de sol que traspasan el cielo gris para estirarse un poco.

(colores): los edificios superiores compilan una gama de colores gastados, preferentemente blancos; los centrales, salvo el que la pareja ocupa, que es un edificio descascarillado de un viejo tono marrón convertido en muescas de ladrillo, son de color azulado y amarillo. los inferiores, los únicos rehabilitados, están pintados de muchos colores, verde, rojo, violeta... y su composición es libre.

(luz): es por la tarde, las siete, y por la orientación de la colina el sol solo roza los edificios más altos, y durante pocas horas deja algún rayo de sol en los inferiores. el día está cubierto por unas nubes grises, no muy densas, que dejan escapar algo de luz en huecos pequeños. sopla también algo de viento por el balanceo de la ropa tendida.

(zoom): desde lo lejos se intuye una pequeña distancia entre los dos personajes que se sitúan en el balcón de uno de los edificios. conforme nos acercamos, vemos que en la cara de cada uno hay un gesto revelador y claro. ella arquea las cejas como si reflexionara y se preguntara algo, su boca expulsa el humo del cigarrillo que tiene en una de sus manos. él, estirando su cuerpo, parece sentir una dicha intensa en su cara, parece estar alegre como si hubiera ocurrido algo que le dejara con la boca sonriente.

(perspectiva): algunos edificios no cobran una importancia mayor, su color viejo los iguala, pero otros, como son los del centro, que casi han perdido la pintura, destacan. entre los balcones, solo la pareja centra la visión de esos bloques de hormigón. entre la ropa tendida, la camisa de fuerza, blanquecina, se zarandea con sus dos patas en el aire, las demás, aún siendo de otros colores, se disuelven en la imagen por la falta de un rayo de sol que las exponga.


octavio pineda





domingo, 25 de enero de 2009

Texto XII

Gundula Schulze el Dowy siguió un aprendizaje de venta de productos industriales y frecuentó una escuela profesional de publicidad y diseño en Berlín, antes de estudiar fotografía con HOrts Thorau en la Escuela Superior de Artes Gráficas y del LIbro, de Leipzig, entre 1979 y 1984. La artista comenzó sus actividades fotográficas con ciclos realizados en blanco y negro, en los que expresaba sus críticas a la sociedad. Solía fotografiar a los habitantes de los patops traseros de las casas de inquilinos en Berlín oriental, cerca de su apartamento en Prenzlauer Berg. Sus series de fotografías, desprovistas de toda forma de emperifollamiento pero no de sendibilidad, muestras la gente de los barrios pobres, en la Pfarrstrasse, en su puesto de trabajo o en el matadero. En 1983 se pasó al a fotografía en color...

La Fotografía del Siglo XX.
(Museo Ludwig Colonia)
sábado, 24 de enero de 2009

Harto

Pasan corriendo y casi me tiran. Con la maleta. Arrastran una maleta de ruedas, y casi me tiran, me esquivaron, fue ella, me esquivó a tiempo, pero casi no y yo pude sentir el aire entre la maleta de cuatro ruedas y mi pierna derecha. Llegan tarde. Tienen 30 años. Con 30 años hay cosas más importantes que llegar a la próxima esquina sin besar la acera.

No soy tan mayor, pero me gustaría tener 30 años y correr a la estación.

Ayer (¿fue ayer?) hablando con Quique en el bar al que voy desde hace más de 30 años, se lo dije. Él no me hizo mucho caso, y a cambio me contestó que estaba buscando un nombre ingenioso para una nueva sección de la revista. Le di un nombre, el primero que me vino a la cabeza, y era ingenioso, mucho –ah, cabrón, qué talento has tenido siempre para el marketing. Habrías sido un gran publicista.–

Es cierto, lo habría sido, casi lo fui un tiempo, en realidad.

Creo que fue justo después de abandonar a Ana. Ella siempre decía que tenía talento para el piano. Claro que tengo talento, toco el piano desde que apredí a andar, le decía yo. Era una pesada, me acompañaba a los recitales, me buscaba concursos, festivales, me tenía harto. El talento no se consigue con práctica, se tiene o no se tiene, decía. Me tenía harto. Ella, y sus trajes perfectos, su aspecto perfecto, su manera de moverse en aquellos eventos anacrónicos, delgada, como una serpiente, haciendo contactos, decía, tienes que relacionarte, Luis, decía, sinuosa.

Su forma de colocarme la corbata. Me tenía harto. La abandoné de la forma más cruel que supe. No pareció importarle.

Entonces fue lo de la publicidad, sí, estoy seguro, fue entonces. Necesitaba salir de aquel mundo ostentoso y trascendente, y el minimalismo y la frivolidad de las pelotitas antiestrés y los sillones bola de color rojo era lo que necesitaba. La agencia de publicidad era de un amigo de la familia, y aunque no entendió muy bien mi cambio de intereses no me cuestionó demasiado. Tres meses aguanté. Estaba harto de sacar adelante el trabajo de aquellos parásitos, todo el día encerrados dentro de los sillones bola, tumbados en las salas de descanso, pensando, decían. Hay que analizar el briefing, decían, hay que darle otra vuelta. No tardaron en darse cuenta de lo bueno que era. Empezaron a temerme por los pasillos, a sacarme de las alianzas, a hacerme la pelota y buscarme cuando había que salvar el producto. Me tenían harto.
Entonces monté un bar y allí conocí a los chicos. Los chicos lo que querían montar era una banda, un grupo pop o afterpop, que decíamos entonces. Rápidamente adoptamos la estética adecuada– por suerte éramos delgados, como Ana- y montamos nuestro local de ensayo en el sótano del bar. Fue divertido. Yo tocaba el bajo. Aquello era coser y cantar, y los bajistas dificilmente somos tachados de genios a la primera de cambio. El problema fue Alicia. Venía mucho por allí, por el bar y por los conciertos, que eran en el bar, o en una sala del final de la calle, amigos del bar. Un día nos acostamos, y resultó ser fan del grupo. Resultó ser fan mía. Era rara, Alicia. Hasta el año pasado Alejandro aún la llamaba Yoko.

Traspasé el bar, los chicos se disolvieron, y a otra cosa. Al fin y al cabo yo lo que siempre quise fue escribir.

Nos reuníamos en el bar Bukowski, cómo no, y hablábamos de lo malos que eran los libros de los demás. Yo estaba tranquilo, estaba seguro de que sólo con ir al servicio, mis amigos desplegarían sobre la mesa todo el catálogo de mis defectos literarios. Eran bichos, aquellos cuatro. Tenía que estar alerta. Siempre alerta. Superarme, ser cada vez mejor.

Todo terminó una tarde, habíamos bebido bastante desde el medio día y estábamos enzarzados en una discusión sobre el talento de uno que parecía demasiado bueno como para descuartizarlo sin más en un par de frases ácidas. Yo no había abierto la boca, el tio tenía un montón de fallos evidentes, pero mis amigos no podían verlos porque eran peores que él. Entonces todos parecieron leerme el pensamiento. Dejaron la copa en la mesa, alguno encendió un cigarro, y en un silencio sepulcral, como para consultar al oráculo preguntaron: "Luis ¿tú que crees?"

Llego por fin al final de la calle y saco con dificultad las llaves del bolsillo.

- Ya era hora, Don Luis, cada día abrimos más tarde ¿eh?

Tengo el único quiosco de Madrid con cola en la ventanilla.
Harto, me tienen.

Sheila R. Melhem
viernes, 23 de enero de 2009

NEBULOSA


Cuando terminó la película se les invitó a salir por la misma puerta de emergencia de siempre, situada debajo de la enorme pantalla de la sala. Ésta daba a un corredor insulso que desembocaba en unas escaleras. Una vez abajo, tenían simplemente que empujar la puerta de salida y estarían de nuevo en el exterior. Al hacerlo, le impactó la severa oscuridad de la noche cerrada.
Mientras veía la película, rodada en luminosos parajes naturales, no lejos de allí (un corredor, unas escalinatas y una puerta de emergencia) el Tiempo continuaba con su transcurso lento e implacable. Y la enorme pleamar de los inviernos inundaba de sombras, con su crecida cíclica, los días.
El callejón trasero al que daba aquella salida estaba parcamente iluminado por dos viejas farolas, una de las cuales emitía una luz temblorosa que amenazaba con fundirse.
Hacía frío, así que introdujo sus manos en los bolsillos y las apretujó contra su fondo. Después giró hacia la izquierda y emprendió el camino de vuelta a casa.
Caminó ensimismado con el recuerdo aún fresco de los paisajes chinos, con sus altas montañas, sus lagos sosegados y sus frondosos bosques. La película era lenta y silenciosa. Y el chino le parecía una lengua precisa y contundente. Pero sabía que era solo una impresión pues la desconocía por completo. Inmerso en estas consideraciones llegó hasta la boca del metro. Descendió las escaleras, extrajo el billete, lo picó y continuó mecánicamente hacia la línea 4, la suya, casi sin darse cuenta. Aceleró el paso cuando sintió el ruido del metro que llegaba lo justo como para darle tiempo a introducirse en el vagón antes de que cerrara sus puertas.
Al principio había bastante gente. Después se fue vaciando. Después pudo sentarse. Entonces sacó las manos de sus bolsillos y las apoyó contra su vientre entrelazando sus dedos. Quedaban dos estaciones para llegar a casa y una cierta ansiedad comenzó a apoderarse de él.
Miró al fondo del vagón y apenas había dos pasajeros más. Levantó la mirada y a través de la ventana de enfrente vio su propia imagen reflejada.
Desde hace un año y medio sufría un bloqueo mental y anímico que estrangulaba su talento. Seguramente, debió haberse dado un respiro después de su última novela, pero no quiso. Siguió sentándose frente a su ordenador en la misma mesa de siempre y escribir. Hacía tiempo que no importaba el no contar con una buena trama. Escribía por inercia retratando a flashes el caótico y ecléctico mundo circundante, cosa que no necesariamente es mala en sí. El problema era que aquello se estaba empezando a convertir en algo quizás demasiado recurrente y aburrido. Como sus personajes, cuya voz y autonomía se veían solapadas bajo la de un narrador que, presa del tedio y falto de horizontes narrativos, deslizaba su discurso cada vez con más frecuencia hacia las pantanosas tierras de la digresión.
Mirándose a los ojos sabía que no iba a rebelarse contra aquella desgana. Esperaba carente de esperanza que fuese pasajera. Que el bloqueo se disolviese como su imagen al llegar a otra estación, la suya. Pero año y medio de espera era demasiado tiempo.
A punto ya de encarar la escalinata que le devolvería a la superficie, recordó que hacía frío fuera. De modo que introdujo de nuevo sus manos en los bolsillos de la chaqueta. Mientras subía volvió a mirar al cielo y con cierta nostalgia recordó otros tiempos en los que los relámpagos de la inspiración rasgaban misteriosos la implacable pureza de la noche.
Jorge Plaza
martes, 20 de enero de 2009

una promesa un salto

Si se lanzaba, el salto tendría una mezcla de locura, riesgo y estupidez, o acaso un poco de esa adrenalina que andaba buscando. Y si lo hacía, soñaba con saber qué era aquel inmenso territorio salvaje que se extendía debajo de sus pies. Era fácil, pensaba, porque estas cosas siempre suceden así. Un pequeño gesto y un impulso podrían cambiar todo y ya que se había prometido que sería capaz de hacerlo, tal vez, pese a la distancia, ese día había llegado. Poco importaba si le ponían de nuevo en el mismo sitio como si no hubiera ocurrido nada. Poco importaba. Algo iba a ser distinto y la idea del fracaso no se lo arrebataría.
Subió primero los brazos y en silencio trepó la última parte de los barrotes. Luego, alongó su cuerpo hasta llegar al borde. Tomó conciencia de todo aquello desde lo alto. Suponía demasiado, pero no se le pasó ni un momento por la cabeza echarse atrás. Ya estaba hecho y no era un cobarde. Después de unos segundos de duda, saltó. Su madre encendió la luz y lo encontró llorando con el cuerpo tirado por la habitación como si se le hubiera roto algún hueso. Desde la cuna la caída había sido prácticamente perfecta, pero ahora quedaba convencerla de lo que era capaz de hacer. Cuando dejara de llorar se imaginó que ella lo entendería. Tampoco sería fácil.



octavio pineda
lunes, 19 de enero de 2009

Pequeña metamorfosis

Cuando era una enana tenía tiempo para parame a mirar a las hormigas. Me resultaba muy incómodo verlas a todas haciendo siempre lo mismo, en cualquier rincón del mundo al que mis pequeños pies o la mano de mi padre me llevaran.

-Nunca seré una hormiga-Esa es una promesa muy simple que al menos uno se dice una vez en la vida.

Después de varias gestiones administrativas, algunos besos perdidos, y millones y millones de patadas dadas al suelo, un día al despertar a las 7:20 eres negra, automata, tonta… Y encima no tienes miedo de que te vean así y no te encierras en tu habitación, dejando que tus padres te den de comer manzanas verdes de vez en cuando…

No. Sales a la calle y haces tu circuito de hormiga. 3000 mil millones de hormigas que han abandonado sus sueños de carne y hueso para ser eso, simples hormigas. Y una vez perdidos los sueños el problema no es haberlos abandonado, sino que empiezas a dejar de soñar…

Los sueños no entran en el mecanismo de la vida de estos animales tecnólogicos, limitados a una programación limitada. De hecho, ese mecanismo es tan perfecto que hasta fabrica su propios sueños. Maquinaria industrial del siglo 21. Para la clase media sueños extremadamente baratos: una casa, un coche, un trabajo fijo… Sueños que podrían resumirse en una sola pesadilla: Un extraño sueña por ti.

Es curioso además que ese mecanismo, en la parte científica, llame sueños a eso que escondemos por la noche, ese secreto perfecto que se autodestruye al abrir los ojos.

Me llamo Lisboa y no quiero ser una hormiga. Tampoco ser un promesa. El problema es que le he robado el cuento a Kafka porque no lo he podido evitar. Perdí ese garabato original, perdí a Lisboa. Ya llegan las palabras: Ir, venir, comida, agujero, oso hormiguero...

A.León

Lorena

-Tener talento- decía Lorena- es sobrevivir a los días. Tú ya me entiendes, quiero decir que con un sueldo y dos hijos, que me llegue para la letra del coche, la hipoteca, los 45 euros de la tele de plasma, el cole de los niños, los babis, que ahora que hay crisis yo votaría por suspender temporalmente la clase de plástica, que las lavadoras son un gasto, y Carmelillo se quemó el babi en la última clase, haciendo no sé qué de quemar madera, veinte euros menos pa la súper mami. El seguro médico, el satélite...
-Pues renuncia a cosas, Lorena, no te me andes quejando si quieres ver la tele con una resoluición exquisita, de eso puedes prescindir, y así te vienes con todos de cañas algún día
-Cañas? Qué es eso? Mira, una noche de cañas a lo tonto son treinta lereles, y yo con treinta lereles como una semana, bonito
-A sopas
-A sopas pero como una semana. Si es que si por lo menos yo dijera, oye, cambio de curro, oye, quito al chiquillo del cole (o lo doy en adopción, que no lo descarto), oye, no como, pues mira, algo de luz vería yo al final del túnel, pero pa qué? Si trabajos, no hay. Aunque ahora eso de limpiar casas de está pagando generosamente, y te digo, a mí no se me caen los anillos por limpiar escaleras. Diseñadora industrial se ofrece para abrillantar suelos, pasar la mopa y dar los buenos días con alegría. Y qué? Me dejo la espalda, pero echo cañas los viernes. O no?
-No te veo mucho
-Tú es que no me ves nada. Involucionar al mundo estudiantil con la excusa de las opos cuando papi paga es guay, a gusto, pero no me digas que no me ves, porque peor lo tendrías tú, que la gente no se fía de la pulcritud de los hombres haciendo de amos de casa, y yo, para darte aliento, te diría que sí, que te hicieras el afeminado o algo, a ver si colaba, no te soltaría un es que no te veo- y pone voz ñoña, Lorena-, porque somos amigos, y si tú no me das esperanza, pues... es que para eso ni te llamo
-Bueno Lorena, tú, reorganiza la economía familiar, dale vueltas, alquila una habitación, qué sé yo, pero espabila, que por lo menos tienes trabajo, y además, follas de vez en cuando. Yo sí, estudiando y lo que tú quieras, pero una oposiciones pueden ser un infierno, y yo estoy al borde del suicidio, que somos 20.000 desgraciados para 30 plazas. Qué? Yo ahí, como un negro echando codos, sabiendo que me voy a quedar giga, tener talento es no desistir, y empecinarse por las buenas causas.
-Mira.... Tú. No tienes casa ni hijos. Lo peor que podría pasarte es que te quedaras ahí entre tus cuatro paredes y el flexo dos años más, porque si ya en tres años y medio no sacas las oposiciones tú no estás hecho pa este mundo, querido, y mira tú, te alquilo mi vida si quieres, tu vas, te organizas, te pones tu horario y listo, cumpliste, Papá, veinte euros... Talento es tener 35 años y pedirle pelas a Papi pa echarte un cine o irte de copas con los colegas y no achicarse, eso es tener dos cojones
-Y luego me pides apoyo y moral
-Ya, pero es que tú deso tienes mucho, y si yo me rebelo y te grito, pues te aguantas, que pa eso me miras desde arriba.
-Yo no te miro desde arriba
-Bueno, pues soy yo, que te miro desde abajo.- Lorena gruñe, se lamenta y le da unas vueltas a la sopa manteniendo el teléfono con el hombro derecho- La que me toca la moral y es que no puedo ni pensar en ella de la rabia que me da, es Marina. Esa sí que encontró un chollo, la trepa hijadeputa, le baja los pantalones al jefe, y ascenso meteórico. Toma directora de ventas. Toma sueldazo y trabajo dando paseitos y echando cafeles con los inversores. A mí no me digas. Justicia? Eso no existe. Tú te crees que Marina se come la cabeza con algo más que con qué me pongo mañana o con quién quedo esta noche? Y encima te la encuentras y te pregunta que taaaaaaal con esa cara de chupapollas. La mataba.
-Pero Marina es una lerda, Lorena, no tiene talento
-Yo soy la que no tiene talento, Manolo, ni tú tampoco, Marina es una genia en su mundo. El talento me lo paso yo por el forro si mi estupidez me permite vivir de lolailo. Voy a ver si anunciándome en plan golosona cae algo, así como... Diseñadora industrial macizorra se ofrece para limpiar despachos con liegerza, y le pongo un guiño, desos del messenger o algo. Eso lo pagarán bien, no?
- ...
Laura Artiles
lunes, 12 de enero de 2009
Shuflle está en la UCI.
Las comidas, los reajustes de año nuevo, las malas resacas, ya se sabe...
Nos han dicho los mediquitos, muy bien enguantados ellos, que o le dejamos hospitalizado unos cinco días o se nos muere, que si el corazón está delicado, que si los colesteroles, que si el ácido úrico y las rodillas después de tanto langostino...
Sobrevivirá.
El lunes el primer paseo. Despacito, sin sobresaltos, recién duchadito y peinadito.
El 19 arrancamos con los textos que nos nazcan del fragmento de ahí debajo.
(enciendan velas)
domingo, 11 de enero de 2009

Texto XI

"Os llaman promesas y vosostros sonreís como si fuera un halago ¿Crees que en algún momento de su vida Mozart fue una promesa? Es ridículo pensar así."


El talento de los demás. Alberto Olmos

sábado, 10 de enero de 2009

MUGRE

Aquella tarde se dejó sorprender en su estudio por las primeras sombras del crepúsculo. Encendió apenas una pequeña lámpara de mesa cuya luz, amarilla y cálida, sumió en una gradación de penumbras todo el cuarto. Según oscurecía, los libros se volvieron inservibles, los folios de su mesa fueron perdiendo poco a poco resplandor, su estilográfica sentido y los viejos mapas consistencia. Dejó que el silencio se adentrara camuflado entre las sombras y se hiciera fuerte unos instantes. Después tomó el mando a distancia del aparato de música y presionó la tecla play. Los primeros compases de la sinfonía número tres de Gustav Mahler comenzaron a sonar. Casi al unísono se le agarrotaron los dedos de la mano derecha. Era el reuma. Comenzó a frotarse los dedos con la otra mano hasta que se le pasó.
A orillas de la lámpara tenía un pequeño globo terráqueo de madera dividido a partes iguales en una zona de luz y otra de sombra. Alargó entonces su achacoso dedo índice hasta hacer posar su yema en una ignota parte de la esfera. Tras vacilar unos instantes hizo girar con fuerza el globo sobre su eje para detenerlo al poco nuevamente con el mismo dedo. Sin retirarlo del punto sobre el que el azar había querido que éste se posara, se levantó de su asiento y fue arrastrando poco a poco la tierra hacia la zona que la lámpara alumbraba. Entonces pudo ver el lugar exacto sobre el que se hallaba su dedo índice: las áridas tierras de oriente medio, un perdido desierto entre Irak, Jordania, Siria y Turquía. Constató que tenía la boca seca. Los primero compases de aquella sinfonía no habían alcanzado aún su madurez. Toda forma melódica era prematura e incipiente, tan pronto se apuntaba algún destello melódico como era ahogado al instante por el lejano aullar de los instrumentos de viento. Quería un trago. Hizo sonar el timbre del servicio. Al poco alguien tocó la puerta. Adelante. ¿Deseaba algo el señor? Lo de cada tarde.
El hombre es un ser de costumbres pensó, y esta mejicana siempre me pregunta lo mismo, como si no supiera de sobra lo que deseo.
Minutos después tenía el güisqui sobre la mesa. Había encendido la luz del cuarto y apagado la de la lámpara. Fuera era noche cerrada. Un maldito desierto perdido en medio de la nada. Siria, Irak, Turquía… volvió a beber de su güisqui y luego hizo lo que siempre solía cuando algo no le decía gran cosa: obedeció a su instinto. Atrajo hasta sí el globo terráqueo (ahora volvía a estar sentado) y lo giró hasta tener frente a sí aquellas tierras baldías. Cerró los ojos y lo olisqueó. Le vino un olor indescriptible a gasolina. De pronto imaginó aquel globo repleto de coches diminutos recorriendo frenéticos aquella superficie esférica. Parecían hormigas. Abrió los ojos. Los ríos Éufrates y Trigris, nacidos en las altas montañas anatolias, discurrían hacia el sur. Imaginó que si aquel dedo suyo se posara sobre la ciudad de Bagdad lo más probable es que se le clavaran las medias lunas de los alminares. Se echó otro trago. Después se recostó sobre el respaldo de su asiento y paladeó durante unos instantes los resabios del licor. La sinfonía amenazaba con acompasarse en breve, lo que lo reconfortaba. Amaba la fuerza que emanaba del conjunto, de la orquesta toda a una donde los instrumentos parecen uno solo.
Retornó al lugar que la suerte había elegido aquella tarde para su dedo. No, definitivamente no le decía demasiado. Arena, un par de ríos, barbados musulmanes, camellos… repasó con la mirada una de las enormes estanterías forradas de libros de su estudio. Recordaba que había uno que hablaba de esas tierras. Al fin lo halló, pero estaba demasiado alto. Tendría que subirse a un escalerilla que no le daba demasiada seguridad, sus piernas flaqueaban. Entonces volvió a tocar el timbre de servicio. Qué desea el señor volvió a preguntar la mujer. Él le pidió entonces que tratara de alcanzarle el libro que buscaba. Ella tomó la escalerilla, subió sus tres peldaños y de puntillas intentó coger el libro, pero fu inútil, era demasiado chaparra. Pese a que estaba resuelta a llegar hasta él, el amo la disuadió de hacerlo, no tiene importancia le dijo. Y antes de que ella insistiese le pidió que le llenara de nuevo la copa.
Mientras fue a servírsela, él meditó un rato acerca de la corta estatura de los de su raza.
Con su segundo güisqui entre las manos pensó que después de todo no hacía falta documentarse demasiado para comprender la esencia de ciertos pueblos. Son sencillamente diferentes, tienen otros modales y otras ambiciones. Quién sabe qué se les pasará por la cabeza, como a esta mejicana quien o mucho me equivoco o estaba decidida a coger uno de los magistrales tomos de mi enciclopedia y subirse a él para alcanzarme el libro que le pedí. Ciertos pueblos carecen del hábito de razonar. Se llevó el vaso a los labios y sorbió un trago. A través de la ventana estaba oscuro. La noche cerrada hacía las veces de azogue en el cristal transformándolo en espejo. Allí estaba él, ya viejo, en su también viejo cuarto de estudio. A su lado seguía el globo terráqueo hacia el que se volvió por última vez aquella tarde. Reparó que tenía incrustada allí, entre el Tigris y Tabriz una mancha de mugre que rascó con la uña. Después de limpiarse con un pañuelo, todavía se observó un rato más el dedo fascinado ante aquel mapa dactilar que recordó absolutamente único. Luego lo sumergió en la copa y sin pensarlo frotó con él los últimos rastros de suciedad de su globo de madera. Tras hacerlo llegó a la conclusión de que el azar habría querido que diera con su dedo aquella tarde en aquel perdido rincón del planeta precisamente para eso, para que pudiera encontrar y limpiar aquella mugre. Él, quien cada tarde hacía girar invariablemente su globo terráqueo de madera para detenerlo con el dedo tratando de apoyarlo sobre su Norteamérica natal. Y nunca fallaba.
Jorge Plaza
jueves, 8 de enero de 2009

claroscuro

se puede sombrear un paisaje o sombrear un cuadro oscurecer la calle ennegrecer las palmeras ocultar la tierra y desde lo lejos taparla con una palangana se puede tintar una parte de la mano pintarrajear la esquina cubrir la costa dejar una sombra china detrás de la ventana se puede dibujar petróleo con los pájaros sacar siluetas grises y manchas de los coches beber café sin servilleta y hacer un retrato en blanco y negro se puede forzar el color de las teclas pequeñas de los pianos lamer tacos de ébano montar yeguas brillantes y cazar pumas solitarios se puede dividir el mundo o enterrar en una caja puñados de aguacates

pero lo que no se puede y eso es indiscutible

es dejar una cara entregada al claroscuro y que nadie imagine que del otro lado ya no existe nada





octavio pineda

miércoles, 7 de enero de 2009

El escondite del mundo

Solo el perfil de las gafas y un pelo despeinado dejaban ver cierta simetria. Pero de hecho era hay, en la sombra de la imagen, en el escondite, en donde se guardaba toda la imaginación posible. Son los secretos a la sombra de Samuel los que hacen que Samuel sea… No seré yo el que limite la imaginación del mundo, lindo escondite.

A. León

martes, 6 de enero de 2009

Rencores

Samuel abrió la caja de zapatos y se dio cuenta de que no había sido el último que había pasado por allí a recordar historias. La nota en papel cebolla estaba colocada debajo de la libreta, y ese no era su sitio. Iba dentro. En la página siete. Que era la página que hablaba del día del parque con Elena. Volvió a sus recuerdos paladeando la ira por saberse descubierto en su intimidad más secreta. La piedra, la nota del profe que nunca le entregó a mamá para que la firmara, el recorte pornográfico de una rubia neumática, la foto del parto, de su nacimiento, la que mamá no gustaba que viese y robó a escondidas para mirarla tranquilo.
Arrancó una hoja de cuadros de la libreta de macroeconomía, y anotó: sé que pasaste por aquí. Huelo tus sucios dedos atentando contra mi intimidad. Tengo nociones de digitología, polvos de carbón y un contacto en la policía. Vuelve a hurgar en esta caja y te arrepentirás.
Samuel siguió estudiando y formándose en las cosas del mundo y sus especies bípedas y nunca jamás logró entender cómo era posible que alguien violara ese principio básico de intimidad aquella tarde. Nunca olvidó aquel pequeño atentado. Y ni uno sólo del resto de sus pobres días pudo querer al hombre como hombre, y lo reconoció mezquino y bárbaro hasta que falleció, hace no mucho, sin creer en ninguno de nosotros, y total, porque somos como somos.
Laura Artiles
domingo, 4 de enero de 2009

Texto X



Samuel Huntington
viernes, 2 de enero de 2009

semana de cine

en la escena de los dos personajes principales paseando por la playa consiguió distinguir a alguien más en la sala porque la pantalla iluminaba entonces como un proyector, como si interrogara preguntándole por qué tenían la manía de cogerle la mano en la primera cita ¿era necesario? le agobiaba y comenzaba a sudar en la palma, y desde ese momento perdía toda la concentración de lo que estaba viendo. él no quería mirarla otra vez y por eso echó un vistazo a las otras cabezas que sobresalían en el cine. no más de veinte personas: como unas siete parejas acarameladas, tres amigas y una persona sentada sola detrás en actitud vigilante. se repetía el mismo esquema de la semana anterior, e incluso la misma película, lo mismo daba, el caso era besarse con alguien y meterle mano, así seguiría aumentando su agenda. lo de la mano cogida lo arreglaría luego, ya que ahora era obligatorio dejarse llevar. tal vez ella no besaría como la de la semana pasada, tal vez no se dejaría tocar dentro de la blusa aquellos senos turgentes del viernes, pero debía probarla, ellas sucedían tan deprisa que a veces confundía nombres e imaginaba la cara de la anterior, pero si se mantenía en silencio en momentos puntuales nada extraño podía ocurrirle. solo se desconcentró en la escena delante del mar cuando el protagonista se suicidaba, porque la claridad de la luz escandiló sus ojos y creyó reconocer una cabeza familiar entre el público de su derecha. a unos 3 metros distinguió una pareja pegada, supuso que se agarrarían la mano también con las cabezas apoyadas entre las butacas. él continuó cogido de la chica hasta que terminó la película. nada más acabar un foco iluminó la sala y la gente empezó a salir. él, con un gesto algo antipático y sin mirar a su acompañante, se adelantó para ver las caras de aquella otra pareja justo a pocos metros de ellos. se quedó blanco cuando reconoció a la chica de la semana anterior, la de los senos turgentes, la que besaba carnoso y olía a melocotón, acompañada y agarrada de la mano de un tipo desconocido. tardaron en mirarse y ni siquiera sabía si le vería. cuando se reconocieron, como si fuera una jugada ensayada, ambos atravesaron con la mirada al otro, sin saludarse, haciendo ver que no se conocían. los dos, acompañados de sus parejas, quizás eventuales, salieron del cine en una profunda amnesia y anónimos de una semana mientras las luces de la sala volvían a apagarse para dejar entrar a los próximos espectadores.


octavio pineda
 
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