domingo, 30 de noviembre de 2008

Texto V

El tiopentato de sodio es una droga derivada del ácido barbitúrico, más conocida por el nombre de pentotal sódico o amital sódico o trapanal.
El pentotal ha sido utilizado en psiquiatría porque parecía mejorar la fluidez de respuesta en la relación con el paciente. Este es el uso que ha dado fama este fármaco, y por lo que se le conoce como suero de la verdad. Teniendo en cuenta que como agente hipnótico, con una dosis controlada, su actuación en el cerebro humano produce depresión de las funciones corticales superiores, se pensó que podría resultar de utilidad en interrogatorios. Se considera que la mentira es una elaboración compleja, consciente, mucho más complicada que la verdad, así que, si se deteriora la actividad superior cortical, al sujeto le resultará mucho más complicado mantener su voluntad y la “verdad” fluiría en su conversación con mayor facilidad. Eso es, al menos, la teoría, puesta en práctica durante decenios por los servicios de espionaje de muchos países. Hasta cierto punto, la idea es correcta, pero no garantiza, ni mucho menos, que el sujeto vaya a contar lo que se espera, puesto que hay muchos factores que pueden modificar el experimento, desde un entrenamiento especial hasta condiciones ambientales o, simplemente, una asunción de la mentira como verdad por parte del sujeto.
En dosis altas el pentontal sódico induce un coma rápido, llegando a ser letal.

Fuente: Wikipedia

Tránsito de pasajeros -4.1

Bonus Track: Historia
Aeropuerto de Lanzarote- Guacimeta

Estás tomando notas en la última hoja de una libreta, sentada delante del Teatro. No quieres que se te vaya una historia que te acaba de venir a la cabeza. Y a la vez vigilas que no se te escape la guagua. Cinco líneas sobre un pirado que ve cosas que no ve más nadie. Ya te pondrás y la escribirás. Luego, semanas y semanas después, cuando se te acaba la libreta, arrancas la hoja, que a esas alturas sólo es media hoja (en la media que falta están el teléfono de Paco y un "marmota mía, fui a sacar a la perra, vengo pronto, traigo churros, besos"), y la doblas y la metes en la cartera. Ya te pondrás, ya te pondrás. Pasan meses, y a la cartera le cae encima un café y leche (porque eres torpe), y tienes que vaciarla y tirarla y rescatar lo que aún sirve para algo (poco). Las cinco líneas aún se pueden leer, pero tú no las lees. Las secas y te las metes en el bolsillo. Sí. Ya te pondrás. Del bolsillo van a un cuadernillo chico. Pasan más meses. Un día, así porque sí, te pones y escribes la historia, pero no te gusta. No rueda bien. Se atasca. La escribes otra vez. Tampoco. Es que ni se entiende. La escribes otra vez. Te aburres y la dejas. Igual la historia era una bobería desde el principio. El cuadernillo chico se te pierde. Luego te mudas. Y en la casa nueva, en una caja llena de calderos, cafeteras y servilletas, aparece el cuadernillo, con la historia dentro. Ah, mira. La vuelves a escribir. Ay. No. O sí. No sabes. Se la mandas por e-mail a tu amiga la Peláez, a ver qué dice. Ella dice que le gusta, pero le parece que al final falta algo. Es verdad. La vuelves a escribir. Otra vez. Y otra. Entonces sientes que ya. Y la guardas. No la miras más porque sabes que si la sigues mirando la escribirás y la volverás a escribir una y otra vez hasta que se te gasten los ojos y los dedos y te mueras de vieja.

Pasa tiempo. Tienes un blog. Te acuerdas de esa historia. La buscas y la subes. No le cambias nada por... por superstición. Cuando las historias están hechas, piensas tontamente, son como máquinas, como muñecos de cuerda. Si caminan solas, es mejor no tocarles ni una tuerca, ni un muellito. Porque en realidad no sabes por qué se mueven.

Doce líneas. Ahí está, mírala. Existe. Se mueve.

Y cómo estará el pirado, qué cosas verá, qué cosas querrá ver.

María Hernández Martí
sábado, 29 de noviembre de 2008

L´Isère

… rehusé en cierta ocasión ser amante de esa joven, quizás la más amable que haya conocido; y todo por merecer a ojos de Dios que Métilde me amara…
Stendhal, Recuerdos de egotismo.

Hace cosa de un mes me encontré con un viejo amigo de la facultad, éste me refirió un hecho insólito. Me dijo que haría como dos meses que, estando en la oficina de la sucursal bancaria para la que trabaja, apareció por allí Eduardo Ginés. Creo que me contó el suceso con la esperanza de que tal vez yo le ofreciera alguna información que explicara cuanto de confuso tuvo aquel encuentro, y es que Eduardo y yo habíamos sido muy amigos durante el periodo universitario. Pero lo cierto es que hacía años que no sabía prácticamente nada de él.
Me explicó este amigo que reconoció a Eduardo nada más verle y que se alegró hasta el punto de levantarse de su silla y dirigirse hacia él. Pero que al llamarlo por su nombre, Eduardo contrarió el gesto y le dijo –disculpe, creo que está confundido. Pero él estaba casi completamente seguro de que aquél no podía ser sino él, de modo que, tras unos segundos de extrañeza, volvió a espetarle –¿no es usted Eduardo Ginés, de la facultad de filología?, pero aquél volvió a negarlo tal y como lo hiciera anteriormente solo que esta vez añadió un “siento no poder ayudarte Santiago”. Este amigo quedó extrañamente confundido, tanto por el hecho de que efectivamente se llamaba Santiago, cosa que de tratarse de un extraño no tendría por qué saber, como porque aquel rostro, el porte, los movimientos incluso y la voz sobretodo eran sin duda las de Eduardo. Y durante su exposición de los hechos debo hacer constar que remarcó especialmente esta impresión.
Aquello, en un principio, me recordó que una vez había tenido un buen amigo que se llamaba Eduardo. En cuanto a lo que me comentó Santiago, la verdad, no le di mucha importancia.
El caso es que me propuse retomar el contacto con mi viejo amigo de la facultad, pero fue infructuoso. Primero lo intenté llamando a su viejo móvil. Después por mail. Y ya por último, rebusqué en mi vieja agenda a la búsqueda de alguna otra pista que me llevase hasta él. Encontré el número de teléfono de su casa paterna. Hablé con su madre. No sabía nada de él y parecía bastante afectada. Después hablé con su hermana. Ella me comentó algo acerca de algún episodio parecido al que vivió Santiago. El caso es que me interesé por el asunto y esto es lo que cuento a continuación reunidos los testimonios que he podido recabar.
Grenoble. Mes de julio. Sopla una leve brisa alpina que hace sonar, ligeras, las hojas de los árboles. Pero hace calor. Eduardo y Esther están de vacaciones. Hace dos días que llegaron y Esther insiste en seguir rumbo a Milán. Fue él quien insistió en conocer la ciudad. El motivo: la enorme veneración que siente por Stendhal. ¿Pero no decías que Stendhal odiaba Grenoble?, la odiaba, sí. Pero era como ella. Su escritura es franca, plana, directa. Y esta ciudad, ya ves, también lo es. No tiene subterfugios.
Están en una terraza. Es temprano. De pronto pasa ante ellos un peculiar personaje. Un tipo rechoncho, de altura media, rostro grueso, enormes patillas y lo más peculiar, lleva un traje de época. Nadie parece sorprenderse. Eduardo lo reconoce al instante ¡Pero éste va disfrazado de Stendhal! Vamos, le dice a Esther. Pero ésta está aburrida y le dice que mejor le espera allí sentada tomando tranquilamente su café. Mejor, piensa él.
Eduardo sigue a Stendhal desde la calle de Henri Beyle hasta una calle estrecha que da al al río Isère. Allí, el notable escritor francés se introduce a través de una casa con entrada ajardinada hasta una puerta que desciende a un sótano. Sobre su puerta hay un cartel, viejo, de madera, donde pone Musée d’Henri Beyle. Eduardo está confuso. ¿Por qué no había oído hablar de ese museo antes? Y además, en esta calle recóndita… enterrado entre dos enormes y elegantes edificios de ventanas batientes tipo puertas y tejados en mansarda. Y ese cartel, minúsculo y dentro del jardín, imposible de ver a menos que te asomes. Le pareció extraño, pero le encantó el descubrimiento. Vaciló un instante entre volver o no a por Esther. No, mejor entrar solo, además a ella no le interesaría.
Traspasa el umbral de la puerta. Desciende a través de unas escaleras oscuras de madera. Crujen. Una vez abajo (luz tenue de bujías) Stendhal charla amigablemente con la recepcionista del museo. Éste se quita la peluca, está completamente calvo. Después se pierde por un pasillo.
La mujer le da la bienvenida a Eduardo al museo de Henri Beyle. Le dice que se trata de un museo diferente pero no único, es de ese tipo de museos que ideó el checo Stepanek. Su razón de ser se basa en una sola idea: experimentar la alteridad. ¿Qué querrá decir? Eduardo lo descubre enseguida. Una vez paga su entrada, es conducido por el mismo pasillo a través del cual se perdió Stendhal. A mano izquierda hay una puerta. Tocan. Abre una mujer. Esta habitación está muy bien iluminada por largos tubos de neón de luz blanca. Siéntese por aquí.
Comienza su incursión en la piel de Stendhal. El trabajo es laborioso. Aquella mujer se encarga de caracterizarle. No tarda tanto, conoce bien su trabajo. Una vez terminado, no se le permite mirarse en el espejo. Se nota el rostro pesado y tirante. Ahora vístase, pero antes póngase esto (goma espuma), Stendhal era barrigón. Y ahora la peluca. Así está perfecto…
Salen al pasillo. Un poco más adelante se abre otra puerta. Pase. Ahora va a estar solo durante un rato, si algo le inquieta y no puede soportarlo no tiene más que tocar a la puerta. Yo misma le abriré.
Interior de la sala. Ésta está completamente a oscuras. Todo está en silencio. Se nota extraño con la barriga abultada. En cuanto al rostro, lo siente como acartonado. Tan solo los ojos diría que son suyos, pero los siente como atrapados detrás de una careta. No obstante no puede ver nada.
Oye la voz de un hombre mayor que le llama hijo sin el menor rastro de cariño. Se trata de una grabación. Después proyectan una imagen en la pared. Un niño en el entierro de su madre. Visiblemente triste, sollozando. Un hombre (¿el de la voz?) le mira desde el otro lado del ataúd. Algo en su mirada la hace insoportable. Es inquisitiva, rencorosa. Después las burlas en el cole “chino”, “gordinflón”. Las voces y la proyección duran como veinte minutos, poco le produce un feedback agradable. Después se encienden las luces. Se trata de una habitación pequeña y rectangular. Vacía. Salvo a sus espaldas, donde hay un espejo.
Su reflejo en el espejo le produce una gran impresión. Su rostro es grueso, tiene papada, flácidos carrillos, una nariz rechoncha y unos ojos nimios entre tanto bulto. Muchas cosas no le gustan de esa cara.
Antes de salir de aquel cuarto, volvió a apagarse la luz y volvieron a recrearse sensaciones diversas derivadas de vivencias del escritor francés. Desagradables imágenes de un París sucio, frívolas escenas de salón con damas que no mostraban interés por él, imágenes de Rusia, Alemania, Londres, Milán. Y algo realmente hermoso, una pieza de Mozart para clavicordio, donde los sonidos redondos y etéreos (como pompas de jabón) que emanan de éste se mezclan con las líneas claras (como de lápiz) del violín.
Una vez fuera de la sala, la señorita de la recepción invitó a Eduardo, Monsieur Beyle, a dar, si lo consideraba oportuno, un paseo por Grenoble. Si tiene un alma nostálgica, le recomiendo un paseo por el río, pero cuidado con mirarse en él, pues es sabido que deja un recuerdo indeleble en la memoria de los nostálgicos.
Eduardo dio un paseo por Grenoble. Ciudad situada a los pies de los Alpes, allí donde estos son sorteados por el sinuoso río Isère. De pronto se acordó de Esther. Se apresuró a ir hacia el café. Desde lontananza observó que todavía estaba allí, visiblemente inquieta por su tardanza. Pero antes de acercarse quiso realizar un pequeño requiebro. Caminó por la acera de enfrente hasta unos árboles y desde allí la observó unos minutos. Hojeaba una guía de viajes, miraba el reloj y buscaba a alguien a través de las calles. Creía saber a quién, a Eduardo, su novio. Al poco Esther reparó en su presencia entre los árboles y algo, algo como una mezcla de sorpresa y terror ensombreció su mirada, por lo demás dulce, de Métilde.
Jorge Plaza
viernes, 28 de noviembre de 2008

1429, Argel

El hombre de la fotocopiadora, Ali, una versión árabe y envejecida de Ricardo Darín, me llama mientras espero para entrar en el despacho de la jefa de estudios, me toma del brazo y me dice que va a presentarme al lector italiano. El tantas veces, no tantas, mencionado señor Rossi aparece ante mí. Es un hombre mayor de cuarenta años, en cualquier caso una edad impropia para ser lector, o al menos para la idea que me he hecho siempre de un lector, no digamos para ser lector en Argel. Italiano, mayor de cuarenta y lector en Argel se me hace, pero sólo por un momento, inconcebible. El caso es que aquí está, plantado frente a mí, ofreciéndome su mano. En la otra lleva dos maletines, uno de piel y otro para el portátil. Lleva un chaquetón azul. Lleva una bufanda de un rojo gastado. Me pregunto qué hace aquí, y como en cierto modo me devuelve la imagen de mi propio reflejo me pregunto qué hago aquí. Me pregunto si es un espía. Nos estrechamos la mano. Hablamos en italiano. Hablamos de Italia y de Canarias. Me pregunta si ya he empezado a dar clases. Le digo que prácticamente desde que llegué. Se acerca y me dice confidencialmente que entonces ya me habré dado cuenta del carácter espartano de este lugar. Sonrío. La situación me recuerda a la escena del encuentro entre Martin Sheen y Dennis Hopper en Apocalypse Now. Intercambiamos números de teléfono, se ofrece para ayudarme en lo que haga falta, nos despedimos y lo miro alejarse por el pasillo, lo miro salir por la puerta del departamento. Salir a Argel sin pensárselo, como alguien que se desprende de un trampolín y da ese único paso en el aire sin saber si estará llena la piscina. Llena de agua en el mejor de los casos. Ni siquiera si habrá una piscina allá abajo. Apoyado en la pared, el hombre de la fotocopiadora nos ha estado mirando conversar. Me pregunto qué hace aquí.

Josué Hernández
jueves, 27 de noviembre de 2008

modelo de escritura

disimula su edad, algo así como 40, porque piensa que a estas alturas los años van atados con cuerdas toda la década. la cara simétrica, tiene los ojos paralelos, las orejas y el pelo de su barba poco poblada sale imitándole de ambos lados. maldita sea el color de sus ojos -dice-, y su cuerpo de casi metro noventa musculado le acobarda. no le gusta que le miren. no le gusta mirarse. en la calle le radiografían desde el bulto del pantalón hasta el pelo castaño y liso que calca su cabeza con la de los escaparates. odia que le observen. ellas, de todas las edades. ellas, vírgenes, maduras, mujeres atléticas, cuerpos estrechos y entregados.
termina de escribir y vuelve a salir a la calle después de la ducha. en el macuto de cuero unos cuantos libros: W. Gombrowitz, G. Rojas, F. Morábito. y en la cafetería donde la camarera maniática le regala el café, se para a revisar lo que tiene en la carpeta del macuto y lo lee unas cuantas veces. sale nuevamente a la calle, aunque le resulte incómodo tener clavados algunos ojos pintados, y se sube a la moto rumbo a su despacho. normalmente las reuniones duran unas cuantas horas que sumadas a la gestión de la mañana completarán su día, la comida también la aprovecha para verse con algún cliente, siempre en la misma mesa del restaurante, escondido de las otras. por la tarde, temprano, vuelve a colocarse el casco y atraviesa toda la ciudad con el macuto de cuero pegado a su cuerpo hasta llegar al destino. esta vez se siente nervioso, y de nuevo vulnerable. del macuto saca la carpeta y va directo a la puerta del edificio y toca uno de los timbres. al entrar, la secretaria con una inmensa sonrisa, coqueta y seductora, le hace pasar a la oficina principal donde un hombre le invita a sentarse. -lo siento, prefería decírselo en persona- es ya la cuarta editorial que le rechaza el libro, ya no saben qué excusas ponerle, ya no saben qué decirle. sigue aún en su cabeza taladrada la del editor viejo y podrido que le dijo que la poesía es un invento de los feos. se resigna y le da las gracias nuevamente, saluda a la secretaria y sale a la calle. del macuto saca la carpeta y los libros y los mete en el contenedor de basura que tiene más cerca. qué importa. volverá a escribir. se sube a la moto con el casco agarrado a un brazo y se marcha calle abajo hasta perderse entre los coches.

Octavio Pineda
miércoles, 26 de noviembre de 2008

Mal texto

2009. El cajón
Un gran cajón de madera va dando tumbos desde un pueblo del sur de Italia hasta el mar,no sin antes recibir la caricia de las luces urbanas de la moderna China al anochecer. A Luca le costó poco meter el cuerpo de Matilde en aquel cajón. 
En los muelles hay siempre un cajón con las dimensiones idóneas para guardar el misterio de cualquier persona. 1,50 por uno 1,50. Si es un artista: cabe el cuadro, el verso, la ultima copia del film mordida por un perro... El estallido de imaginación de 1,50 por un 1,50 reciclado en algo con la etiquetita de la fecha de caducidad, en algo humano. Si es un asesino: el instante, el secreto, la razón o la sinrazón guardada en aquel casquillo inútil. Si no hay misterio, la caja cerrada jugará a que tiene algo o a que no lo tiene. Si no es nada de lo anterior, si el misterio es una emoción real, entonces es algo mas complicado. 
Luca tiene 90 años. Matilde 89. Un precioso año de diferencia que Luca y Matilde han usado durante sus 68 años de matrimonio para tener divertidas discusiones. 68 años de matrimonio no pueden ser contados con poesías en la vida real, dolores sin el suficiente dramatismo para ser contados en mala literatura, esa que enumera y enumera: abandonos diarios por cuestiones económicas, llamadas furtivas desde el trabajo cual amantes...Carajo.
Luca metió en el cajón a Matilde tras la visita del doctor Buendía. -Luca hoy duermes solo-. Menos mal, describir como hacerlo con el cuerpo muerto me hubiera sido imposible. Luca actúa con cuidado, poniendo la profesionalidad de 68 años de experiencia. La besa, la acaricia, la crea. Es cierto Luca crea a Matilde. Después de tres segundos sin verla es como chocar con una galaxia. Carajo. Trum. Eso era el estruendo de mis gafas chocando con la mesa. Volvamos a la tercera persona por dios, volvamos a Luca. Luca lleva a Matilde en la Vespino Roja (Matilde se empeñó en que Luca guardara la moto a pesar de que en el pueblo se reían de el). Por fin llegan al puerto y Luca sienta a Matilde en una silla con la maldad que se hace siempre con los ancianos, certificando que ellos no pueden con el peso de la manzana de Einstein. Se hace de noche y el puerto se queda sólo para delincuentes, bandidos, violadores, borrachos, marineros extraviados... Aquí vuelven las enumeraciones. Creo voy a hacer la lista de la compra en vez de contar lo de Luca. Luca. Matilde soñando cae en el cajón. Luca podía simplemente haberla enterrado, o incinerado, y fin de la historia de Luca, fin de la historia de Matilde. Luca mete el cajón en un barco en el que duermen 500 chinos. Luca enciende la Vespino y se va a casa por última vez, para dormir por ultima vez, para soñar por ultima vez, para morir sabiéndolo, como otra cosa más de la vida, aputándolo entre la sopa e ir a comprar el pan al día siguiente... Matilde era el misterio más grande que había vivido Luca en su vida. Se imaginaba como un gran científico, como el de la manzana, con 68 años para desvelar un misterio, y Luca lo hizo. Pero no podía contarlo sin que resultara ridículo. Por eso Luca hizo lo que hace un camionero napolitano llamado Luca ajeno a mi mala literatura. Meter a Matilde en una caja y mandarla al océano pacifico para encriptarla como a un supuesto tesoro chino. Por cierto, perdonen al estúpido del narrador, pero me deje llevar por la ternura, me deje llevar por Matilde...

A.León
martes, 25 de noviembre de 2008

IRC

Susana empezó siendo Pícara76 y lo mantuvo unos cinco o seis meses.
Le dio para tres relaciones formales, dos de ellas simultáneamente, y para cuatro polvos de urgencia una serie de domingos en los que se encontró desmedida y voluptuosa.
Le fue bien. Los tipos de los polvos no eran extremadamente raros, y hablaban y pronunciaban las erres con normalidad. Susana les abrió la puerta después de tres minutos de estudio macroscópico vía telefonillo. Los recibió desnuda con dos copas de champan entre los dedos. Así de clásica y apasionada era Susana. Ellos, los cuatro, enloquecieron. Para Susana ninguno valió tanto como para repetir, así que les bloqueó en el chat y llamó a movistar para restringir sus llamadas entrantes. Ellos insistieron desesperados, googlearon Pícara76 y Susana a secas sin resultados satisfactorios unas diez mil veces. Y al tiempo, la olvidaron. No sin antes hacer guardia en el portal, estrictamente, algún sábado de borrachera y amor romántico. Y tampoco volvieron a verla. Susana se aburrió pronto de sus flirteos fantasma. Y decidió, de puro tedio, inventarse a dos personas: Roberto (guaperas, triunfador, madurito de ojos verdes y lánguidos andares) y Venancio (fontanero jubilado que se ocupaba en redescubrir su sexualidad, tantos años maltratada).
A la semana ya había recosntruído cinco vidas. Las cinco, tres aliñadas por Roberto y dos por Venancio, que también mentía como un cosaco y se decía médico estomatólogo en lugar del fontanero que Susana había decidido que fuera, brillaban en estos días con mejor suerte que hacía siete lunas. A Susana le pareció milagroso. Una tal Sara, reciente cibernovia de Roberto, le decía que hacía muchísimo tiempo que no se ilusionaba con la vida, qué cuánta paz le había metido en el pechito en tan poco tiempo, que cómo era posible tanta conexión viniendo de un hombre de tal exclusividad social. Sara lo miraba desde las vergas flacas que tenía por pestañas y Rober le decía que le gustaban sus hombros dulces. Y que ella era para él, la raíz que lo conectaba con la tierra, salvándolo de lo frívolo de las altas alcurnias donde navegaba.
Venancio, a lo sumo, podía atender dos conversaciones a la vez. Susana, por su parte, moderaba el teclear al de un señor de sesenta y cinco años, y respondía a las preguntas según el día: los más aplicados, contextualizaba y se ponía una foto al azar que suponía suya en el escritorio y le inventaba una retahíla de dramas a Venancio, que él luego contaba con la parsimonia de los viejos solitarios. Otras, los días más locos, respondía aleatoriamente, sobretodo si andaba Venancio cobrando vida, adjudicándose identidades exhuberantes, tipo: Farfullo, un jovencito ardiente y virginal, que hablaba pues como un fontanero, o Malote16, un adolescente en el pico de su rebeldía intrínseca.
Las complejas construcciones de Susana la fueron alejando de la vida real. Acabó manejando la relación de Rodri con Sara, Leti79 y Cocoteroazul al mismo tiempo que la de Venancio con Lola50 y Chicot-E (que rima con zipote, por eso insitió Venancio en conocerle, por lo sugerente, aunque en realidad fuera su vecina del quinto, la de Susana). Además, todo se le tornaba a Susana como un bucle sin fina lal toparse, sorprendida, con las identidades inventadas de sus propios monstruos: Farfullo, Malote16, códigoPENAL o A-ma-me30. Yo, la que narra, supongo que todos nos inventamos, pero no tanto. Una locura. Meticulosa. Ingente cantidad de datos y habilidades para tantos personajes, tremendos guiños y particularidades, manías locas. Y siempre cada uno la suya.
Hubo días en que Susana echó en falta sus relaciones rápidas y verdaderas con desconocidos. Para no inventarse tantos matices. Para no tener que controlar la (i)rrealidad con tremenda cautela. Para no medir los datos que suministraba a cuentagotas (para que no perdieran interés) a sus contactos del chat.
Sobretodo una de sus creaciones la entusiasmó por sorpresa. Germán. Susana decidió que treinta y dos. Guapo, de esos guapos que si se recortan la barba ya no son guapos, de los naturales. Rarito desde chico, venido a más, desde que se encontró con algunos de los suyos en la facultad de filología (la confraternización entre marginados es de una terapéutica pasmosa) . Filología Inglesa por el amor a London (pronunciado landan, por hombre viajado). Desaliñado. Estudiadamente desaliñado. Vaqueros raídos, chaquetón militar de hace veinte años, verde grisáceo. Playeras con sólo uno de los cordones rojo. Para recordárse a sí mismo la sangre que lo mantenía vivo y sufriente. Libro en mano con rigor. Milimétrica la caligrafía en los márgenes del libro que fuera. Sin excepción. Habla holgada. Verbo chispeante (y dramático, según las vísceras). De una prolífica producción literaria y pensamentística. Posmoderno. Rabiosamente. Le construyó un blog y le puso gafas de pasta por las tres dioptrías en el ojo izquierdo. Y ahí sigue Susana, tras su parto sin dolor, disfrutando de ella, y de él y de todos los que alcanza a conmover con sus delirios, posteados a diario estrictamente para ellos, que quién sabe si también son verdad o son mentira.



LaU
lunes, 24 de noviembre de 2008

Impostura

- Se le ve sorprendido, profesor ¿le ha cogido por sorpresa este premio?
- Sí, sin duda... ha sido... una grata sorpresa
- Venga, señor Mendoza, no nos querrá hacer creer usted que no le habían avisado de que estaba entre los finalistas

Sí, sí, claro que estaba avisado, claro que me llamaron anoche, mi editor, para decirme que finalmente se había decidido fallar este año a mi favor. No es eso lo que me sorprende, deben ser los flashes, los micrófonos, la expectación.

- No, no, claro que no, es... estrictamente confidencial, me he enterado unos minutos antes que ustedes.
- Bueno, pero siendo usted el máximo experto en Fürler, y habiendo recibido ya otras condecoraciones de prestigio como el Jovellanos el pasado año, debía saberse usted entre los favoritos
- Sí, claro, siempre hay quinielas, pero sólo son eso, predicciones...

Di las gracias, intenté avanzar entre la multitud, necesitaba entrar en la sala, estar rodeado de los míos, aquellos que confiaban en mí, que me habían hecho llegar a donde estaba, justo en el centro de aquella nube de cámaras y grabadoras. Por fin logré atravesar la puerta.

- ¡Enhorabuena! – Antonio se acercó hasta mí triunfal, como si el premio lo hubiera ganado él, y en parte, así era – ¿Ves como tenía razón? Te dije que al final cederían... ¿Estás bien?

No estaba bien, estaba sudando. En la sala había una mesa enorme llena de ejemplares de mi libro de 300 páginas, el ensayo definitivo sobre la obra de Fürler, para el que me había centrado, como hilo conductor, en la consecusión definitiva de todo su trabajo, el mar al que iba a parar la corriente de cada uno de sus relatos, de sus novelas cortas, incluso sus artículos de crítica nacían y morían en esa novela que no escribió hasta los 60 años, pero que en rigor había estado escribiendo toda su vida. Esa era mi hipótesis, y la había demostrado con creces, analizando cada uno de sus trabajos previos y situándolos como germen incosnciente de su gran obra, haciendo gala, de ese modo, de un dominio total de la misma.

- Oye, oye, oye, ven aquí – Antonio me cogió por los hombros y me acompañó a los sillones de la sala contigua, mientras me hablaba con la voz de las confidencias – sé que esto abruma ¿vale? Toda esa gente ahí fuera, haciéndote preguntas... Esto no es como el Jovellanos, y sé que lo sabes, se trata de un premio muy mediático, tendrás que aguantar todo esto, pero sabes que vale la pena...

Antonio había sido mi editor desde el principio, desde que gané el certamen para jóvenes investigadores que organizaba la editorial. Se trataba de un breve ensayo sobre un libro de relatos de Fürler, El Vértice (Der Scheitelpunkt). Era un libro de juventud, bastante fácil de analizar, pero Fürler es un autor arduo, con mucha producción, y no hay muchos trabajos en torno a su obra. Por eso cobra especial importancia mi último libro sobre La senda de la guerra (Der Kriegspfad), que así es como se llama la obra cumbre del autor. Este libro, largo, complejo, posee tantas claves de interpretación que precisa conocer a fondo la obra del escritor, no ya para interpretarlo, sino tan sólo para entender su lectura más superflua. Yo había escrito 300 páginas sobre esta obra indescifrable, y me merecía el premio, y el reconocimiento, y la buena marcha de las ventas.

- Tienes que estar tranquilo, te lo mereces, has trabajado mucho en este autor,lo has trabajado más que nadie ¿conoces a alguien que ni tan siquiera se haya leído en condiciones ese libro?

Todo empezó por casualidad. Yo conocía bien la obra de Füler, es cierto, había leído todos sus trabajos periféricos, su obra menor, incluso había realizado una estancia en la Universidad de Erfurt traduciendo unos textos inéditos que se conservan en la cátedra que lleva su nombre. Sin embargo no había empezado aún a trabajar, ni tan siquiera a leer La senda de la guerra.
Fue entonces cuando se organizó aquel congreso: “Obras cumbres de autores europeos del s XX”, y mi director de tesis se empeñó en que participara. Era un congreso importante, bueno para mi currículum y para el currículum del departamento.
Todo fue muy rápido. En un fin de semana me leí todas las reseñas que encontré sobre la obra, revisé algunos fragmentos, los trabajos parciales que existían, y llené los huecos con lo que conocía sobre el autor, que era mucho. Pude resolver holgadamente un texto de 20 páginas, y mi intervención en el congreso fue todo un éxito. Realmente parecía que conocía a fondo el libro, y sin haberlo leído.
Desde luego, tenía mérito.
Pronto empecé a despuntar como experto, a ese artículo le siguieron otros, y conferencias, y estudios comparativos con otros autores. Era todo tan rápido, que ya no hubo tiempo de rectificar.
Sin embargo, aquella tarde, al llegar a la puerta del recinto y percibir toda esa expectación empecé a notar una inquietud desconocida, un nudo en el fondo del pecho. Pasamos al auditorio y los disparos se multiplicaron. Era un auténtico tiroteo y yo, que pasaba por ser la diana, me coloqué tembloroso en la mesa central, junto a mi editor, Antonio, y mi mentor, que me esperaba con una sonrisa cómplice sentado en la silla de la derecha. Oí mi presentación como desde lejos, como si estuviera sentado entre el público, al fondo de la sala, y pensando en otra cosa. Cuando por fin me tocó hablar, aún se oía alguna garraspera, algún flash, pero en general reinaba un silencio que me aplastaba la cabeza. Cogí mis papeles y pude leer:

"Wolfgan Füler, justo antes de morir, en un último esfuerzo tomó aire y cogiendo de la mano a su asistente, que le acompañaba en su lecho de muerte, acertó a decir: Mi vida tiene sentido porque vive mi obra. Puedo morir tranquilo porque he dicho hasta la última palabra: La senda de la guerra"

Ya no oía nada más que mi propia voz, mi propia pausa. Noté como el calor me subía hasta las mejillas, bebí agua, y miré de frente el tablero de la mesa, blanca, blanquísima

"Pero, al fin y al cabo, yo no estaba allí, y ni siquiera conocí al asistente, así que... quién puede asegurarlo"

Llegué a casa tarde y despeinado. Me serví una copa. Abrí el libro.

Sheila R. Melhem
domingo, 23 de noviembre de 2008

Texto IV

1842. El cajón
Un gran cajón de madera va dando tumbos desde Civitavecchia hacia Francia, pasando por toda Italia […] ¿Quién habría de preocuparse de ese señor a quien los periódicos ponen una gacetilla necrológica de seis renglones escasos? Colomb hace abrir el cajón ¡Dios mío qué gran cantidad de papeles y qué escritura tan rara, llena de signos y de claves! ¡Qué caos el de ese maniático de escribir! […] Colomb lo vuelve a guardar todo en el cajón y lo envía a Grozet, amigo de Stendhal. Grozet, a su vez, lo envía todo a la biblioteca de Grenoble para que allí quede todo amontonado indefinidamente. En la biblioteca, se pegan unos billetitos en cada fascículo; se pone además un sello y se registra ¡Resquiescat in pace!
RETRATO
Se dispone a salir […] se da una rápida ojeada en el espejo. Se contempla y, enseguida, un pliegue de sus labios le da una expresión sardónica; no, decididamente, no se gusta a sí mismo. ¡Qué cara tan tosca! Parece la de un bulldog; es redonda, roja, burguesa. Su nariz, gruesa y abultada, se extiende demasiado amplia en medio de su cara pueblerina. Los ojos, en verdad, tal vez no fueran tan feos; pequeños, negros, brillantes de inquietud, pero son demasiado diminutos y están metidos profundamente bajo las cejas gruesas que limitan su frente pesada y cuadrada […] ¿es que hay algo que esté bien en esa cara? Stendhal se contempla con gesto de enfado. Nada es agradable, nada hay delicado, espiritual o vivo en su rostro […] quizá su cabeza redonda y ornada de patillas sea lo mejor que hay en su cuerpo […] más abajo, vale más no mirar, pues se trata de una verdadera panza […] Las manos, en todo caso […] Stendhal se aparta del espejo […] de nada sirve el tinte que da un hermoso color castaño a sus patillas, ha tiempo encanecidas; de nada sirve la peluca que le cubre la calva [...] todas esas cosas disimulan tal vez la vejez, la obesidad, pero, a pesar de todo, ninguna mujer le volverá la vista en los boulevards […] sólo queda una cosa: ser ingenioso, amable, interesante y atraer la atención no a su cara, sino a su interior.
Pocos hay que hayan mentido tanto, y con más pasión mentido al mundo, como lo hizo Stendhal […] en su cubierta o en el prólogo hay ya un nombre que no es el suyo, pues el autor, Henri Beyle, llana y sencillamente empieza por ocultar su nombre. A veces se adjudica un título de nobleza, otras se disfraza con el nombre de "César Bombet" o añade a sus iniciales H. B. unas A. A. Misteriosas […] y la última de sus farsas es, ¡record asombroso de la mentira!, que, por disposición testamentaria, ordena se ponga sobre su tumba una mentira tallada en mármol; así que, en su cementerio de Monmartre, se puede leer la lápida de su sepulcro, que dice así: Arrigo Beyle, Milanese. ¡Él, tan francés, que se llamó Henri Beyle, que fue bautizado en su ciudad natal de Grenoble!
El artista.
Preferible es parecer duro a lacrimoso; preferible parecer poco artista a demasiado patético; preferible ser lógico a lírico. De ahí su lenguaje masticado hasta lo inverosímil; antes de empezar su trabajo, todas las mañanas, lee el Código Civil para habituarse a su estilo seco y preciso […[ quiere claridad y verdad, aun dentro de los sentimientos más complicados quiere luz hasta en los rincones más profundos del corazón. Ecrire es para Stendhal anatomiser […] medir el calor de la pasión por grados de calor, observarla cínicamente como si fuera una enfermedad…
Stefan Zweig, Tres poetas de su vida. [Fragmentos]


Tránsito de pasajeros -3.1

Bonus Track: Arabesca nº1 - Debussy.
Aeropuerto de Málaga - AGP


Tengo una imagen que me tortura, llámenme pervertido si quieren, pero pongan la mente en blanco, como un lienzo. Añadan un suelo de tierra oscura e irregular, muy marrón, muy irreal; y un cielo gris, ese típico cielo del día del fin del mundo. Luego, incrustada bocabajo sobre la tierra ponemos una nancy sin ropa interior. No se le ve la cara, ni torso, ni brazos, sólo unas manoletinas de plástico blanco, y las piernas articuladas, pero se sabe que es una nancy por lo gordezuelo de las carnes, los tobillos, el acento circunflejo invertido de encima del culo. La nancy no tiene genitales, solo un plástico color carne. ¿Quién no ha levantado la falda a una muñeca alguna vez? Seguro que esta imagen debería ser simbólica, debería significar un algo, el significante y el significado, ya lo dijo Saussure, evocar algún trauma de infancia de naturaleza sexual, pero no le den más vueltas, que no es más que eso: una pequeña y sucia postal, manoseada, manida y mojada, unos pies de muñeco asexuado en el decorado del día de hoy que es el fin del mundo.

Juan Molina
sábado, 22 de noviembre de 2008

La cintura de Lucio

-Una de dos: o pasa el balón o pasa el contrario.
Vale.
-Joder, macho, que en cada partido que juegas metes una cantada de las buenas.
Vale, vale.
-Hoy te estás luciendo, Lucio.
Y una mierda. Una mierda de partido, con un mal tiempo de cojones, lluvia y a menos algo y su puta madre. Y el campo hecho una mierda. Rollo impracticable. Rollo que ni las ves venir. Ese rollo. Y encima el brasileño ese. Todo el rato caracoleando y repartiendo sombreros y haciendo caños. Toque suave, dice. Juega, juega, dice todo el rato.
-Todavía podemos remontar, cabrones.
Sí, sí. Venga, pero para eso hay que volver al campo. Me quedaría en el vestuario, pero no queda otro central en el banquillo. Y Roca en la grada, tiene casi hasta final de temporada por una rotura de ligamento. A gusto, así hasta yo. Y no tendría que jugar partidos como este, contra el líder en casa, que está que se sale, todos sus jugadores se salen, sobre todo el brasileño ese.
-¡Vamos, vamos, vamos!
El entrenador ya se ha sentado en el banquillo y yo sé lo que está pensando. Yo sé que piensa que no valgo una puta mierda, que cuenta los días que quedan para que pueda volver a saltar al campo Roca. Y a Roca le queda como mínimo hasta abril, y mientras me voy a comer todos los marrones contra los grandes, uno detrás de otro. Barça, Valencia, Madrid, mi Atleti, Las Palmas.
-Pégate al tío ese como si fueras una ventosa, copón.
Y a Alberto nadie le chista porque es veterano y manda en el vestuario, pero hay que ver lo vendidos que nos ha dejado a Lobo y a mí esta noche, sobre todo en la jugada del primer gol. Ahí viene el brasileño ese, espera que le hago bajar el labio. Espera, espera. Toma. Toque suave.
-A la próxima te saco la roja, ¿está claro?
Vale, vale.
-Así se hace, Lucio.
Ahora la chocas, sí. Espera, espera. Tranquilo. Saque de puerta.
-¡Vamos arriba, hostias!
Sí, sí. Pa'rriba, sí. Tu puta madre. Espera, espera. Ya está otra vez caracoleando. Espérate que le doy. Dios. ¿Y eso? ¿Y el balón? ¿Y es gol?
-Recoge tu cintura del suelo, Lucio, y levántate de una puta vez, anda. Y ponte a escribir.
Josué Hernández
viernes, 21 de noviembre de 2008

orgánico

-¡Sacrotuberoso!- Y ella le acarició el vello labial y la cara de rótulo despegado.
Sin mirarla (porque mirar era de nuevo santiguarse) él siguió de rodillas refunfuñando por los colgajos y la cicatriz que le avisaba que la entrepierna había sido corneada por un mástil salvaje.
-¡Sarcófago de huesos!- Volvió a decir estrujándole el pelo y emitiendo arcadas diminutas y decoloradas...
-¡Chula!- Increpó. Y gritó -¡cretina!- con una leve punzada muscular que le devolvió de aquellas orillas abiertas su cara de romántico intrauterino adherido a la lengua.
Después de la postura y con la espalda torcida se acercaron a besarse y pasar los labios húmedos por la boca... Ella acababa de relajar los brazos y la últimas vertebras de la columna esperando el beso ensalivado y líquido. Terminado todo, recogieron la ropa y volvieron a mirar sus cuerpos famélicos y estrechos, aparentemente inofensivos, hasta que él le enfundó la bata blanca, y la de ella cayó en sus hombros como una gasa vencida. Él repitió el gesto y la acompañó a la puerta mientras se colocaba el pelo. Los dos se miraron, y antes de salir al pasillo dijeron:
-sacrotuberoso
-sarcófago de huesos
Y se tocaron la pelvis insinuante.


octavio pineda
jueves, 20 de noviembre de 2008

Defecto de fábrica


Mientras hacía el argentino -llamaba así a sus visitas al sicólogo, no para hacerme rabiar sino porque realmente lo pensaba- Josep tramaba cosas divertidas.
En esos pasitos nocturnos por una de las ciudades mas hermosas del mundo, Josep pensaba -Josep sos un boludo, y parlin en catalá collons- -El guión perfecto de Woody Allen sería escribir los diálogos del señor Bush yendo al sicólogo ante el trauma de abandonar la Casa Blanca- -La sexualidad de García Márquez será parecida a la mía ¿No?-

Josep era catedrático de Anatomía en la facultad de medicina de la Universidad Autónoma de Barcelona. Mi Josep.

Resultaba que cada vez que Josep quería comerme la concha, le venían los textos de todos los libros de anatomía del mundo. Y no sé si alguno se ha aventurado alguna vez a leer la parte de la pelvis: “La cavidad de la pelvis (cavum pelvis) presenta una abertura craneal de la pelvis enmarcada por la línea terminal. Esta línea limítrofe discurre desde el promontorio del hueso sacro, se continúa lateralmente con las ala del sacro, pasa sobre la articulación sacroiliaca, sigue la línea arqueada y termina en la mediana a lo largo del pecten del pubis. El límite caudal de la cavidad pelviana está formado por el arco isquiático con ambas tuberosidades ilíacas; dorsalmente forman esta abertura las primeras tres a cuatro vértebras caudales y su parte lateral está representada por la delimitación posterior del ligamento ancho de la pelvis o el ligamento sacrotuberoso...” A mí, la verdad, se me parece más a la descripción de una cueva por la que va a bajar Indiana Jones en búsqueda de un tesoro que al deseo, bueno exceptuando los oscuros deseos de Spielberg, Lucas, y Ford, claro.

Esto provocaba fundamentalmente que Josep sintiera hacer el amor conmigo como una tarea más de su cátedra, como si aún siguiera en el aula enseñando a sus alumnos, más que como un pequeño viaje al espacio con sabor a mate, quilmes, cortázar, porteño, chuletón...

Yo le recomendé a Josep ir a clases de literatura, o a clases de anatomía en la facultad de Bellas Artes para resolver su problema, pero mi Pep como buen científico, prefirió ir al sicólogo.

Una vez allí dejaba de ser divertido e indagaba en la ciencia de la sociologia más que en la ciencia de Josep. Que le vamos a hacer, defectos de fábrica.

A. León
miércoles, 19 de noviembre de 2008

Frankenstein

Falto de inspiración me hago eco de una noticia aparecida hoy en un periódico inglés.
La mamá de Damian Hirst, D.H., ha sido detenida en el aeropuerto de Heathrow cuando volvía de pasar unas vacaciones en EEUU. El motivo de tan sorprendente detención se hallaba en su bolso. Allí, además de todas esas cosas que un mujer puede llevar, transportaba la mamá del célebre artista una insólita pieza ósea: una pelvis. La mujer, que se mostró lógicamente indignada por tener que abrir su bolso a extraños, manifestó -según fuentes policiales- su consternación por el revuelo que la susodicha pieza causó entre los agentes. Pero lo insólito de la noticia no queda ahí, pues revela dicho tabloide que más tarde confesó que aquella no era una pelvis anónima (tal y como sospechó un avispado agente al tanto de los más insólitos hurtos allende el atlántico). Ésta había pertenecido en vida al célebre Elvis Presley, cuya tumba, parece ser, fue profanada hace unos meses por unos misteriosos asaltantes que se llevaron únicamente el célebre hueso que tanto agitó el cantante en vida.
Unas páginas más allá, un reputado crítico de arte escribe un artículo dedicado a este suceso en el que afirma que las intenciones de la mamá de Hirst no eran otras que llevarle la pelvis de Elvis a su hijo. Siempre en palabras del citado crítico, Las intenciones de Hirst podrían ser completar una obra muy de su estilo, esto es: formar un esqueleto completo con distintos huesos pertencientes a antiguos dueños que le sacaron mucho partido en vida. Una vez con la pieza completa, lo más probable es que incrustara en ella cuantos diamantes cupieran. ¿Pretendería Hirst crear un Frankenstein formado con los restos óseos de tipos célebres de la cultura occidental?

J.Plaza
martes, 18 de noviembre de 2008

"Pero siempre, siempre"

La encontró tirada en el suelo.
La oscuridad del pasillo y su voz retumbando en la oscuridad ya se lo habían anunciado, y lo habían hecho forzar sus piernas torpes - estas piernas viejas que no sirven para nada- para llegar cuanto antes frente a aquel cuerpo desmontado sobre el piso.

No sé en qué momento empieza a temerse esto - pensó, consciente de que sus dedos temblorosos sobre el teléfono no eran más que la confirmación de una ansiedad que vivía en su pecho, apenas sobre la boca del estómago, y que se volvía esfervescente cada vez que giraba la llave en la cerradura al volver sólo de la calle.

Sentía que había vivido durante años con ese miedo alojado entre los pulmones, pero era incapaz de averiguar cuándo había empezado todo, en qué momento el bien fue demasiado valioso, imprescindible.

A partir de ahí, todo fue dejarse llevar. La insoportable y bienintencionada autoridad de su yerno, que gritaba por el teléfono y caminaba nervioso de uno a otro lado de la habitación, y la mano de su hija sujetando la suya, en casa, en el coche, en la sala de espera.

Él, los ojos cerrados, no podía dejar de repasar mentalmente su vida, recordandando cada evento, cada marca, buscando el origen del miedo, la conciencia de su fragilidad, la de ella, la de él sin ella.

- Tranquilo Papá, está despierta, ha sido sólo la cadera, sólo se ha roto la cadera.

Entonces lo supo. Mientras la recordaba de espaldas, colocando las cosas en las baldas altas de la cocina. Podía verse a sí mismo, delgado, tan joven que le parecía mentira, sentado frente a la taza de café, hipnotizado por las amplias caderas que se movían rítmicamente de izquierda a derecha, una y otra vez, una y otra vez, al compás de la música que salía de la vieja radio.

"Toda una vida..."

Fue entonces. Sus manos sobre el vestido liviano, la taza de café enfriándose en la mesa, su cuerpo siguiendo el péndulo sinuoso.

Sheila R. Melhem
lunes, 17 de noviembre de 2008

Agapornis fischeris

Lo pensó cientos de veces. Cuando la veía. Cuando no la veía también, sobretodo. Sin el temblor era todo más fácil: pensar, trazar estrategias, respirar...
Ella llevaba una vida insulsa. Iba a trabajar, volvía a casa, paseaba al perro, se duchaba y veía la tele.
El, un comercial mediocre al que nunca se le dio bien vender nada a nadie. Siempre decía: es más barato el que te vende Mercadona, y sus clientes le compraban cosas pequeñas sólo porque les parecía un hombre honesto. Y lo era.

Linda trabaja en una pajarería. Con su padre y su hermano el grande. Que intentó ser administrativo y nunca le alcanzaron lo suficiente las ganas, o la cabeza. A Linda le gustaban los animales. De siempre. No exactamente los pájaros, pero también. Era una romántica. Cuando conoció la leyenda de los inseparables, tomó su oficio heredado como una vocación tardía, sorprendente, y se ilusionó. Y sobretodo vendía parejas de inseparables. Cliente que llegaba, cliente que recibía, desde los ojos encendidos de Linda, la historia del supuesto amor de estos bichos de pico curvo y colores varios- si los separan, se mueren- repetía siempre, para concluir la venta, su golpe final. Y funcionaba a menudo. Así que fue poblando el distrito tres de la ciudad de Valencia de loros de colores enamorados de otros loros también de colores. Y mientras los veía arreglándose las plumas en las ventanas de las casas, al sol, era feliz, al menos un poco, lo suficiente.

Alberto, el primer día, pasó por la pajarería pretendiendo aumentar su cartera de clientes. Habló con el padre, Genaro, un hombre gordo y tosco, poco amante de la gente en general, y le ofreció macetas de 20 centímetros de diámetro tres céntimos de euro más caras que las que vendían al lado, en Rocasa, de plástico impermeable y color negro. Genaro le dijo que para qué creía él que iba a interesarse por macetas de plástico negro si no vendía plantas sino pájaros, y en casa había desterrado la posibilidad de tener más plantas después de que la mosca blanca le matara un geranio hermoso al que había dedicado horas de riego y cientos de conversaciones prohibidas. Alberto le dijo que lo entendía, y que pasaba por allí tanteando la demanda de macetas por la zona, que evidentemente después de la explicación, lo tacharía de su lista de tres comercios a visitar en la calle, y que buenos días. Linda venía saliendo del almacén, escaleras arriba, cargada con cuatro cajas de alpiste que dejó, una sobre otra, en la mesa. Alberto la vio. Y dijo ,otra vez, buenos días, y quiso irse pero no pudo. Y se agarró a los ojos de Linda un segundo más de lo que marcan las relaciones comerciales. Linda derramó el alpiste al mover la caja para arreglarse el pelo y Genaro gritó enfadado -vaya mañanita que llevamos-. El pulso desmedido les enterró en la pelvis un calor amargo. Y ambos se pensaron todas las tardes y las noches frías de ese otoño triste.
Linda recomendó parejas de inseparables con más vehemencia de lo acostumbrado. Alberto vendió macetas a un comercio a dos pasos de la pajarería a razón de tres mensuales, para uso particular del propietario.

El día que visitaba la calle, Alberto se arreglaba el pelo con zumo de limón, para que estuviera brillante. Usaba calcetines limpios y blancos y cepillaba los mocasines negros del trabajo.
A Linda no la pilló por sorpresa ni un día, pues se vestía y se perfumaba a conciencia a diario por si a él le tocaba su ronda por la calle Milagrosa.
Y se miraban. Durante dos segundos el latido intenso. Y el aire quieto en la boca de la garganta. Y el sudor frío. Y el pulso trémulo si había algo entre las manos, y si no, también. Y buenos días. Y buenos días otra vez. Días. Semanas esperando sus manos.
Y jamás se dijeron nada.

Un día Alberto se aventuró nervioso, como empujado hacia adentro, sin que nadie lo empujara, porque no podía más con las noches sin sueño recordando a Linda, con las ventas mermadas mientras trazaba un plan perfecto que no llegó nunca.
Y entró en la pajarería cargado con diez macetas negras, de plástico impermeable. Se topó con Genaro, que resopló, al temerse las cosas que ahí dentro (dentro de esos dos cuerpos) acaecían, y Alberto se quedó quieto, helado hasta que Linda se abrió paso entre los clientes y empezó a relatarle con la sangre histérica, la historia de los loros, que si separas, se mueren.

LaU
domingo, 16 de noviembre de 2008

Texto III

La cavidad de la pelvis (cavum pelvis) presenta una abertura craneal de la pelvis enmarcada por la línea terminal. Esta línea limítrofe discurre desde el promontorio del hueso sacro, se continúa lateralmente con las ala del sacro, pasa sobre la articulación sacroiliaca, sigue la línea arqueada y termina en la mediana a lo largo del pecten del pubis. El límite caudal de la cavidad pelviana está formado por el arco isquiático con ambas tuberosidades ilíacas; dorsalmente forman esta abertura las primeras tres a cuatro vértebras caudales y su parte lateral está representada por la delimitación posterior del ligamento ancho de la pelvis o el ligamento sacrotuberoso.

Anatomía, Köning y Liebich
sábado, 15 de noviembre de 2008

aislado

En el año 1623 Rodrigo de Iríbar, Vizconde de Vitoria, ordenó levantar un torreón de madera y pieles donde colocaría una talla de bronce de la virgen de Aporúa, en uno de los valles desiertos de la ciudad de Aimixiala, lugar santo según los habitantes de la zona pertenecientes a la tribu de los pitztecas. El caballero de Iríbar financió el trabajo y revisó los planos de la obra, implicándose principalmente en el diseño de aquella pequeña fortificación y las defensas que deberían soportar el ataque y el vandalismo de los indios que aún residían en la región. Preocupado por ello, mandó abrir zanjas de cuatro metros de profundidad y cinco metros de ancho que rodearan aquella extraña torre. Luego, a través de un proceso de canalización y desvío de las aguas que bajaban de los montes por un pequeño riachuelo, rellenó los enormes agujeros hasta que la construcción de madera y piel pudiera ser divisada desde lo lejos como una figura magnífica, introducida en una pequeña isla que emergía de aquel valle estéril. Uno de sus capitanes reclutó a los hombres más hábiles para que prepararan el puente, una vez concluída la obra. A lo que el Vizconde de Iríbar, respondió con cierta parsimonia y elegancia negando cualquier conducto o conexión que tratara de unir ambas orillas. Solo él podría cruzar el diminuto mar en una barcaza pequeña traída desde la península de Exmicoxa. Su sueño, según escribió en las memorias que fueron encontradas en el interior del torreón hace más de un siglo, era inventar una isla en medio de un valle. Allí quedó encerrado una veintena de años en la casi estricta soledad (salvo por los envíos de comida hechos por aquellos indios con los que compartía el espacio del valle) y allí murió. Su cuerpo fue enterrado luego por los piztecas dentro de aquellas aguas poco profundas, en aquel mar que él, Vizconde de Iríbar, había inventado y había previsto para que fuera su paraíso y su ataúd.

             
                                                                                                                                              octavio pineda
viernes, 14 de noviembre de 2008

Él, singular masculino.

a-Se podría decir que no tengo pensamientos. Soy bastante parecido a un tigre. Con una mínima diferencia, una diferencia que me aleja de su naturaleza animal, para inventar una nueva naturaleza indefinible. No se encuentra ninguna mala palabra en los diccionarios de las 6912 lenguas que existen en el mundo que la defina-Al despertar John Coupland inicio la narración de sus pensamientos sin entenderlo muy bien-Avaricia, codicia, ambición, avidez, mezquindad, egoísmo, rapacidad, tacañería, cicatería, roñosería, usura, ruindad, miseria, sordidez, envidia, ansia, anhelo, son sólo los juguetes de mis hijos.

El hombre aun en pijama saludo a sus hijos, que iniciaban el dia. Era una mañana de diario del mundo occidental, la ducha comenzaba a despertar los engranajes de la economía americana, mientras el té calmaba los estómagos de la inglesa, el acento suavizaba la francesa, la cerveza dormía el cansancio de los obreros alemanes…

Coupland narraba en inglés, el mismo con el que hablaba, aunque un poco cambiado al que trajeron inmigrantes ingleses en el siglo XVII, cuidado por Hemingway, Faulkner, Capote y Dos Passos, pero mil veces maltratado por los presidentes de los Estados Unidos de América.

-Tengo que usar lentes como un viejo pobre de novela-Coupland se sentó a desayunar con diez periódicos, las cadena de noticias Cnn, la de economía Bloomberg… pero no leyó ni una sola línea. Seguía atento a su propia narración-Es increible pero las malas noticias de los diarios sólo me parecen posibles guiones para el buen funcionamiento de la industria del cine norteamericano. Son guiones que narro yo mismo con mis números, así que los conozco de sobra.

Antes de que el relato se complicara John Frizer Coupland saco uno de los infinitos trajes oscuros que tenía, y que intentaban vestir al peor hombre del mundo, se despidió de su mujer con un frio beso en la mejilla, con la misma indiferencia de los tigres acabada la copulación. Entró en el negro mercedes, negro el abrigo, negro el traje del chofer, breve el buenos días. Antes de poder llegar a su despacho su pensamiento no aguanto más, y lo vomitó.

-¿Quién se aventuraría a narrar los pensamientos del hombre que hace que el mundo con el que se despierta cualquiera hoy, sea sólo un capricho de su propia economía? Yo desde luego no. Por eso no pienso. Hasta ahora unicamente habia enumerado. Creo que mantengo rastros de esto en mi narración.

Marco las fronteras del mundo, alimento las barreras que interesan a mis dólares todo lo que puedo, y cambio su aspecto según mi interés. Ahora musulmanes: los señalo como bárbaros para distraer al mundo y me adentro en sus subterráneos petrolíferos. Siempre Africa, Con un Él te odia y él te odia también, las mil guerras, y el continente hipnotizado para calmar mi saciedad incansable… Son sólo mis caprichos. Políticos, especuladores, comerciantes de armas, farmacéuticos, un exagerado gasto militar, petroleras, el miedo…

El mercedes paraba en los semáforos en rojo.

-Las leyes las creo por si acaso alguien ve claro lo que soy, tenga algo con lo que engañarse y no se vuelvan completamente loco.-

Su pensamiento que se había levantado con una sola idea y ya no podía más, por fin había encontrado la extraña definición de la naturaleza de Coupland. Era una pregunta de esas que escapan a la razón como el de dónde venimos, por qué estamos aquí, de esas que ponen punto y final al mundo:

¿Y para qué tanto dinero?

A. León

jueves, 13 de noviembre de 2008

A veces

El límite craneal de la cavidad torácica lo constituye:
La voz. Ubicada entre el conjunto de chiquitos huesos hioideos. Hacia abajo. Atada, la lengua. Atada la nuez. Que sube y baja. Que se mantiene. Al beber. Al pronunciar. Al encontrar las bocas.

Habló de pie subido encima de su pupitre. Frente a la cruz. Dándole la espalda y dirigiéndose hacia todos sus compañeros de clase. Los chicos malos del fondo, no se dejaron entretener y siguieron conquistando a las alumnas de tercero B, que habían entrado antes de que acabase el recreo. Elena, la del pelo corto, estaba copiando afanada la fórmula de la hipotenusa al cuadrado, y se daba prisa mientras le gritaba a Alberto que no borrara todavía la pizarra. Isa le robaba el final de una ambrosía a Miguel, el más chico de la clase, porque iba un año y medio adelantado. Las gafas de Estefanía las pisó Cristina mientras perseguía a Miguel, no el más chico, sino el más malo, que le había quitado los deberes de sociales a Cris de la mochila, con la intención de copiarlos y luego extorsionarla. Las alumnas de tercero B trajeron las tres la misma cinta en el pelo. Y los calcetines muy estirados pegados a las pantorrillas. Dos de ellas se ocupaban manteniéndolos arriba cuando Alejandro gritó:

- Marisa! Te quiero!

Y una estrepitosa campana de gauss en la voz desequilibró tanto el ruidoso júbilo del recreo, distorsionó tanto con su afilada agudeza el gallo del adolescente, que un silencio rotundo se apoderó del aula. La profesora entró. Revisó chinchetas en su asiento alarmada por el silencio abrumador. Alejandro tomó su asiento. Colorado. Miró de frente la cruz. Y deseó con mucha fuerza no haber existido. Y deseó también al mismo tiempo y con la misma fuerza, que Marisa se diera la vuelta. O le mandara un papel. O le esperase al final de la clase. La señorita Ursula empezó su clase sin necesidad, por una vez, de llamar la atención de los alumnos:

-Como hemos tenido un recreo calmadito y les veo por fín maduros y conscientes de lo que este memorable periodo de aprendizaje significa para su formación como personas adultas, seres sociales y sobretodo cívicos, recordemos juntos la clase de ayer. Repitan, a corro!- gritó- El municipio de Las palmas de Gran Canaria linda, por el norte…. con el mar, por el este…



LaU.
miércoles, 12 de noviembre de 2008

La increíble historia del barrio menguante.

Tirso de Molina.
Sol, Gran Vía, Tribunal.

El mapa del centro de Madrid vive dentro de algunas canciones de Sabina, esas que van a acabar como las de Armando Manzanero: nunca se crearon, nunca se destruyen y viven en la cabeza de las habitantes en forma de leve tarareo.
Un horror.
O un pasaporte a la posteridad, según se mire.

La plaza de Tirso de Molina, y la célebre boca de metro, están muy cerca de mi casa. Unos cien o cientoveinte pasos al norte, más o menos. Antes yo no vivía dónde vivo ahora, pero también vivía muy cerca de la plaza, concretamente unos 50 o 60 pasos al oeste. En aquel momento, la plaza de Tirso era un rectángulo de piedra que se levantaba en el centro de seis o siete calles. Tras subir los cuatro peldaños que la elevaban sobre los transeúntes, se abría un espacio rodeado de árboles (recuerdo los árboles, sobre todo, las hojas que alfombraban la plaza en otoño, que cambiaban de color, que te sacaban de Madrid) y plagado de bancos, muros y bordes de los que apropiarse. La plaza estaba muy descuidada, y como en todos los rincones más o menos "cómodos" de Madrid, había gente durmiendo, cada vez más gente, que dormía, comía y bebía en la plaza. Esto empezó a convertirse en un problema, sobre todo porque la plaza está en pleno centro de Madrid, y digamos que representaba un margen claro, el comienzo del barrio más al sur del centro, las puertas de Lavapiés.

Madrid es un cúmulo de ciudades, lo mantendré siempre, de ciudades pequeñas o incluso pueblos que conviven en un espacio casi supraurbano que se obliga a sí mismo a ser moderno, pionerio, capital.

El caso es que si uno cruza el centro de la ciudad de norte a sur haciendo una línea más o menos recta, notará los cambios de actitud, de limpieza, de diseño urbano y de población nítidamente. Tirso de Molina empezaba a convertirse, en aquellos tiempos de árboles y escalones, en una de esas zonas fronterizas que se vuelven conflictivas, no necesariamente porque haya más conflictos, sino porque se hacen más visibles.

Fue entonces que empezaron las obras. Decidieron remodelar la plaza y eso nos tuvo mucho tiempo paseando entre los escombros. A la vez comenzaron a remodelar otra plaza, 20 metros más abajo, casi enfrente de mi casa, ya en pleno barrio. Era la plaza dónde los chinos celebraban el año nuevo, el año nuevo chino, claro. Un espectáculo.

Yo estuve especialmente atenta a los acontecimientos. Cada día observaba la obra al pasar, asistiendo a cómo iban rompiendo uno a uno los bloques de la plaza, los muros, los escondites. Podaron todos los árboles y talaron muchos de ellos. Aquello duraba lo bastante como para que las personas que dormían allí se buscaran otro sitio. Debía ser esa la estrategia.

El día que inauguraron la plaza remodelada yo me la encontré como por sorpresa. Subía por mi calle media dormida, muy de mañana, cuando me dí cuenta de que faltaban las vallas. Aceleré el paso, nerviosa, lo único que podía ver era un espacio diáfano, una enorme abertura entre los tejados. Los árboles, rapados, vivían ahora en parterres de bordes finos y en pendiente. Los bancos, individuales y ergonómicos, convivían con la fuente, unos siete chorros de agua que emergían del suelo, mojando gran parte de la superficie de la plaza. No había un sólo bordillo, un muro, ni un lugar en el que sentarse a leer.

Pocos días después desaparecieron las vallas de la plaza de los chinos. Era también diáfana, salpicada con algunos arbolitos enclenques, casi arbustos, pero con una diferencia.
A lo largo y ancho del espacio habían organizado, simétricamente, unos bloques macizos, horizontales, dónde cabría uno acostado. Camas de cemento.

Hoy Lavapiés empieza 20 metros más abajo, Tirso tiene adornos navideños, y no sé dónde habrán ido a parar los chinos, con su dragón de colores y sus petardos.

Respecto al campamento al aire libre de la plaza, en verano nos hace muy buen servicio.

Soluciones para todo.

Sheila R. Melhem

martes, 11 de noviembre de 2008

Borderline

España limita al norte con Francia y el Cantábrico; al sur con el mar mediterráneo debajo del cual se halla Marruecos; al este con el Mar Mediterráneo nuevamente, allende el mismo se encuentra la península itálica; y al oeste limita con Portugal y el océano Atlántico.
Yo limito al norte con mi familia; al sur con mis colegas del curro; al este con mi novia; y al oeste con mi futuro.
Los franceses comen fondue y en el Cantábrico anchoas; cuscús comen en Marruecos y en Italia, pasta. En cuanto a los portugueses, comen lo que sea pero con bacalao.
En mi familia comemos raramente juntos y de hacerlo hay angulas de por medio, pavo relleno y champagne. Con los colegas del curro me como unos marrones que no veas; por la novia como cuando toca, pero voy para famélico y como se imaginarán siempre ando hambriento; en cuanto al oeste, nunca quedo para comer con mi futuro si bien es cierto que brindo por él cientos de veces.

Los vecinos del norte tienen siempre un extraño ascendente sobre uno. A los del sur hay que aplacarlos pues se le suben a uno a las barbas enseguida. Del este lo mismo te llegan las especias que las divinidades. En cuanto al oeste, de ahí raramente llega nada, salvo extrañas botellas con mensajes poco alentadores.

Desde mi más temprana infancia me esforcé en poner barreras a mis amados vecinos septentrionales. Planté minas y espinos anti-hermanos y mostré mi armamento ante mis padres. Contra estos cuidé mi diplomacia a sabiendas de que es más efectiva, con sus muchos pasajes subterráneos, los teléfonos rojos para las guerras frías, y eventual clausura de embajada.
Las fronteras meridionales están por el contrario trazadas a sangre y fuego. El mismo alambre espino y minas anti-hermanos los uso en este asunto, aunque he añadido arsenal nuevo que exhibo ritualmente sobre todo los lunes: batería antiaérea y anticarros, bombarderos y cazabombarderos, helicópteros Black Hawk y un submarino atómico. Pero estoy especialmente satisfecho del trabajo de zapa que realizan mis francotiradores (que ya de paso uso también contra mi novia). Estos lanzan palabras que suelen hacer blanco sin ser vistos. Penetran en las líneas enemigas y atacan donde duele y antes de que puedas darte cuenta ya se han ido.
En cuanto a la novia, además, si ésta no cede y por tanto no llegan las especias de oriente ni las divinidades con sus narcóticos poderes siempre podemos jugar a ser infieles a nuestra religión de estado. Siempre podemos coquetear con alguna otra divinidad medio-oriental.
En cuanto al vecino occidental, es el que más nos tiraniza y contra el cual más inermes estamos. Lo mejor: no rebelarte (después de todo sólo el último golpe es el definitivo).

Cavé zanjas, puse aduanas, nombré embajadores, erguí muros, boté barcos, planté minas, diseñé uniformes para mis desfiles, compré tanques para estas fiestas brutas y misiles para –precisamente- el fin de fiesta y todo para poder decir en pleno ejercicio de mi soberanía algo tan simple como yo, y mío, y mi, y de mí y conmigo, con total seguridad de que no estoy nombrando a otra persona.

J.PLaza
lunes, 10 de noviembre de 2008

Tipaza

La carretera hacia Tipaza se desenrolla como una alfombra a lo largo de la costa. Como una alfombra gris polvorienta y agujereada. A pesar de noviembre el cielo está despejado y hace calor. Javier se siente algo menos optimista que cuando dejaron atrás Argel, un cuarto de hora antes. La conversación ha ido languideciendo y finalmente se ha diluido. Ahora Aïcha acaba de subir el volumen de la música. Suena Miles Davis. Suena Aaron Neville. Suena The Police.
-Entonces te gusta el cine -dice Javier.
-Mmm, sí. Se puede decir que soy cinéfila.
-¿Cuál es la película que más te ha gustado últimamente?... Que hayas visto hace poco y te haya gustado, quiero decir.
-Mmm, 2046 me encantó.
-A mí también me gustó... -a un lado de la carretera parpadean puestos donde la fruta madura al sol- pero no como para volverse loco. Quiero decir que la historia en sí no me pareció gran cosa, ese tío y las mujeres de su vida, ya sabes. Pero había cosas, las pequeñas historias dentro de la historia principal, que no estaban nada mal. El relato futurista del robot con efecto retardado, por ejemplo.
-A mí lo que más me gustó fue su capacidad para fijar imágenes en la memoria del espectador, y luego su sentido del color, de la estética.
-Sí... se quedan grabadas, es verdad.
Pasan un bache, a un lado de la carretera aparece una trinchera de la que asoma la cara de un policía sonriente que mira hacia las montañas. El sol se refleja en su visera negra. A pesar del uniforme azul, la metralleta y los sacos de arena, la imagen resulta inesperadamente bucólica.
-¿Y qué más? -pregunta Aïcha.
A un lado de la carretera venden bolsas de plástico transparente llenas de agua. En el interior de cada una, como suspendido en el centro, hay un solitario pez naranja que los ve pasar.

Josué Hernández
domingo, 9 de noviembre de 2008

Texto II

Limes. Limes Imperii Romani. Es la frontera que en el año 122 ordenó levantar Adriano entre Bretaña y Escocia, poblada en aquel entonces por los celtas, para separar a los romanos de los bárbaros. Limes particularmente impenetrables se construían contra los germanos y otros bárbaros del Este (por ejemplo, la frontera entre Panonia y Dacia). En esta geografía, las tierras de los eslavos -entre ellos, los polanos- estaban situadas en el mundo de los bárbaros (y, en opinión de muchos, siguen estando allí).

Limes levantados por todas partes, fortificados y vigilados, cruzan y cortan el continente desde hace siglos.


Ryszard Kapuscinski
sábado, 8 de noviembre de 2008

A buen recaudo

Amy se había dibujado aquella mañana como había podido. Antes de que el lápiz la creara, era sólo sonidos electrónicos, luces nocturnas, una sensación acuática extraña, una velocidad extrema en su sangre… La materia y la antimateria destruyéndose al tocarse. Dibujarse y de repente sentir todo el peso del cuerpo mordido. Pero Amy prefirió no seguir dibujando la habitación, y cogió rápidamente de la oscuridad del universo algo: unos pantalones, una camiseta y un abrigo y salió a la luz por la primera ventana que encontró.
Los paparazzi habían volado de su portal pero habian dejado ese rastro de nada de todos los dias. Eso eran para Amy: nada.
Amy se paró a dibujar algo en la acera. Una canción. El jazz improvisaba la calle: un taxi, un niño con una pelota y una camiseta del Arsenal, un soldado llorando en la ventana la guerra de Irak…
Londres con su mañana gris jugaba a la guerra con el mundo, a probar si existía algún lugar más que el microuniverso que representaba la city. Empezó a llover.
Amy pensó que desde luego si el mundo lo describiera un pájaro con un par de colores bonitos no usaría los mismos adjetivos que nosotros. Parece ser verdad que los pájaros tienen que tener sus propios adjetivos y además tienen que saber narrar la vida, ya que saben respirarla. Echar un vuelo y ver como todas las bolsas del mundo caen en picado. La economía va mal y eso se debe a los vuelos de los pájaros con un par de colores bonitos. No es el estúpido efecto mariposa, sino la forma de narrar la vida al mover las alas torpemente.
Amy seguía dibujando Londres.
Amy corrió por la calle y de repente se llevó la mano al bolsillo y se dio cuenta de que lo había perdido. Debía haber sido la noche anterior cuando en cualquier baño se dejó olvidado ese poquito más de materia que de antimateria al que se debe que exista ahora todo lo que existe: estrellas, planetas y seres vivos. Amy llevaba ese poquito más de materia en sus bolsillos junto a un paquete de cigarrillos, un papel con tres frases que servirían para hacer una canción, un móvil con un sólo número en la agenda: el de su marido…
“Por esto mataría cualquier posmoderno triste: Acabo de perder el universo”-pensó Amy.
Amy corrió a coger el autobús rojo para no llegar tarde a la siguiente noche, canturreando, e intentando deshacerse de tan tonta resaca. A la mañana siguiente ningún paparazzi escribiría que Amy es parte de esa asimetría necesaria para que funcione el universo.

A.León

viernes, 7 de noviembre de 2008

El profesor ZinKun

Con el medio millón decidió trazar un plan y ejecutarlo. No habría precariedad por lo holgado del presupuesto y estaba entusiasmado. Al fín y al cabo nunca quiso ser científico. Y mucho menos científico loco. Los pelos ralos, la gafa redonda, los ojos hundidos y el color cetrino del que habita un laboratorio. Bah. Ya no tengo que justificarle nada a mis padres. Malditos. Ya los hubiera tenido yo cuarenta años metidos en estas cuatro paredes. El nóbel se lo iba arestregar yo por su tumba. Contrató a tres físicos recién salidos de la facultad de Strombjun. Becarios. Les dijo:
Quieren convertirse en alguien y ganar un nóbel? Pues obedezcan y trabajen ligerito. Sin errores. No me vale me pasé dos microlitros con la solución reactiva- les ilustraba con voz de niña impertinente- Seriedad es lo único que les pido. Y tiempo. Todo del que dispongan. Tienen hijos? Compromisos? Militan en alguna asociación de alumnos?. Despídanse. Todos asintieron con los ojos muy abiertos salvo uno, un repetidor rebelde que trató infructuosamente de boicotearle el plan al profesor ZinKun. Quedaron dos y el profesor.
A las siete en punto de la mañana del primer día del fín, el profesor llegó con un café solo manchándole los bigotes. En vaso de plástico. Pensó en llevar otros tres de la cafetería de fuera pero rápidamente se dio una bofetada por la compasión y se quitó la idea de la cabeza. Dejó el café. Calzó con guantes de látex y batas blancas a sus dos acólitos y ni siquiera preguntó por la ausencia del tercero. Sólo dijo - ustedes suplirán la mala cabeza de ese machango-.
Preparó micropipetas, tubos, tintes reactivos, solución salina saturada, encendió el espectrofotómetro, ignoró la felicitación de otro con bata que pasó por fuera y sentenció:
- El año que viene quiero el nóbel por desmontar mi última teoría: El origen del mundo, mucho antes incluso de las cargas iónicas de los hadrones, ocurrió cuando un haz de luz prácticamente invisible, atravesó, insólito, sí, un total de cuarenta y siete planetas alineados a lo largo y ancho del amplísimo Universo- estranguló el vasito de poliuretano entre sus blancas manos de pura emoción y lo lanzó a la basura cerrada. El vaso derramó dos gotas de café como sangre en el suelo- Venga! A trabajar!- gritó. Y se marchó.


LaU
jueves, 6 de noviembre de 2008

El origen del caos

He olvidado devolver los libros a la biblioteca.
No es la primera vez. Siempre lo olvido, y tengo mil recursos para estas situaciones: escribir cartas justificando mi ausencia por una gripe galopante, un viaje urgente, una inundación; pedir el carnet a una compañera; suplicar (la tan socorrida última opción).
Pero esta vez es diferente. Me había propuesto firmemente, y digo firmemente, devolver los libros a la biblioteca dentro del plazo. Me acordé el día 15. Y el 20. Incluso el día 27 me acordé y no fui capaz de apuntar en un papelito, en la agenda, en el corcho, en un pósit que pegara, qué se yo, en la nevera, o encima de las gafas antes de acostarme, que el día 30 de Octubre tenía que devolver los 12 libros que había sacado de la biblioteca.
Me he dado cuenta a eso de las tres y cuarto, y ha sido una de esas cosas que, aunque sepas de golpe, no asimilas más que a cámara lenta, pensando primero que no es verdad, que tal vez te estés equivocando, pero sabiendo que en efecto es así, que no te hace falta comprobarlo, que estás segura de ello mucho antes de buscar el pequeño papelito que reposa, acusador, en la primera página del libro que habías elegido para empezar.
A partir de ahí, todo es incierto, las cosas pierden el sentido y un pequeño vaiven se apodera de mi cuerpo, ya no sé dónde voy, porque da igual dónde vaya; ya ningún consuelo es efectivo, porque todos mis planes, la ordenación más o menos lógica de mi universo pivotaba, en uno de sus lados menores, en esos 12 libros solicitados y luego retirados de la biblioteca, almacenados por orden alfabético en el estante del salón liberado a tal efecto, guardando el sentido del presente y, al final, de mi propia existencia.
La calle dónde vivo se hace cada vez más y más estrecha, y un rumor de voces dispares me hace buscar el error. Un señor rubio habla en inglés con su hijo, también rubio, en este barrio de chinos, magrebíes y hippies con perro.

Lo peor es que el mundo no se acaba.

Sheila R. Melhem
miércoles, 5 de noviembre de 2008

El lápiz

Luis acaba de encender el televisor. Para ello ha tenido que levantarse y apretar el botón él mismo porque el mando se ha quedado sin pilas. Maldice su mala cabeza, de esto hace ya dos semanas y siempre que va al supermercado lo olvida. Mientras aguarda las noticias deportivas del canal 24 horas, su enfado desaparece al constatar que el informativo lo da su presentadora favorita. Al tiempo en que ésta informa acerca del último premio Nobel de las ciencias por no sabe qué rollo físico de simetrías repasa al detalle el rostro de la presentadora. Rubia, corte “casco”, grandes ojos verdes y brillantes flanqueando una nariz pequeña de ínfimas narinas, cutis límpido y claro en el que resaltan los pómulos como elegantes colinas toscanas, y una boca de labios gruesos y húmedos que brillan a la luz de los focos del estudio. Pero antes de que pueda resumirlo con un qué guapa pasan las imágenes de unos chinos excéntricos con gafas mezcladas con otras del espacio lleno de estrellas y planetas y asteroides. No comparto tu opinión, las impresiones estéticas fueron, son y serán siempre absolutamente convencionales -replica Andrés Lieberman a la aseveración de su amigo y contertulio el profesor Julio Paganno acerca de la universal sensación estética que experimenta todo ser humano ante el orden. Son las once y media de la mañana y charlan animadamente en una cafetería próxima a la faculta de letras de Córdoba, Argentina. Ya de chiquitos nos gusta ordenar las cosas -continúa Paganno-, si no mirá a los bebitos tratando de hacer encajar cada piecita en su sitio, que si el triangulito acá, que si el cuadrito allá… sin descanso hasta que lo encajó todo.
Pero es por eso que es pura convención, es en ese instante cuando empiezan a educarnos en la necesidad de encajar las cosas, en el convencimiento de que todo tiene que encajar necesariamente en algún lado, y ahí se armó el quilombo.
La rima y metro están en todas las poesías del mundo, eso no es una hipótesis sino un hecho, al ser humano le encanta encajar cosas de siempre, disfruta como un pibe con la repetición, y la rima ¿qué es?, ¡repetición de sonidos! -pará de una vez boludo, no vas a llegar a ningún lado… el padre Giovanni ha terminado con sus tareas del día. Hoy bajó al pueblo a comprar existencias y cosas para la comunidad. Hace veinte años, cuando llegó por vez primera a este recóndito lugar de Siria, el monasterio era únicamente un montón de ruinas. Entonces estaba solo, hoy son una pequeña comunidad de tres monjes y dos monjas. Además, por allí pasan a cuentagotas diversos visitantes que pueden quedarse el tiempo que quieran a cambio de participar activamente en la vida comunitaria. La instalación eléctrica es muy precaria, todo funciona a base de unos pequeños generadores que usan únicamente para iluminar las bombillas del patio, cocina y dependencias. Por fin tiene un rato y se anima a leer el periódico. Tres japoneses reciben el premio Nobel por su contribución al estudio de las rupturas de simetrías que hicieron posible el universo tal y como es hoy. Y allí en el patio de su monasterio, a la luz de una escuálida bombilla que le alumbra en medio del inmenso desierto sirio, no puede evitar mirar al cielo y sobrecogerse ante la idea de no ser más que las chispas de una vieja explosión que aún hoy alumbra -como una mísera bengala- la oscuridad del espacio al que ha sido arrojada. Madrid. Domingo intenta en vano poner en pie un lápiz sin punta sobre el suelo del salón de su casa. Nunca logra que éste se mantenga derecho por el tiempo suficiente. Siempre cae. De su caída se levanta el ruido de la madera golpeándose dos veces contra el suelo. Domingo se tumba boca arriba junto al lápiz y cierra sus rasgados ojos chinos. Imagina el universo. Anoche vio el telediario con sus padres y ahora cree que, bien visto, el universo es un lápiz que perdió el equilibrio.

J.PLaza
martes, 4 de noviembre de 2008

Morse

Pone el lápiz en posición vertical y lo sujeta por el extremo opuesto a la punta con los dedos índice y pulgar. No sabe qué, pero ahí tiene que haber algo. Como el famoso huevo de Colón. Sí, pero qué. Hay un lápiz, y alrededor del lápiz, cercándolo, algo más. Casi puede verlo. Suelta los dedos y el lápiz cae como un árbol talado en miniatura, como si un árbol minúsculo hubiera brotado, redundante, de la superficie de madera de la mesa de la cocina y hubiese sido talado por un leñador diminuto que nadie sabe dónde está. Eso explica que el árbol haya rebotado al caer y haya producido una especie de mensaje en Morse, punto raya punto punto punto. ¿Qué más? Recoge el lápiz y lo vuelve a poner en posición vertical. Lo suelta. Punto punto raya raya. Aparta el cuenco de arroz y con el mismo lápiz garabatea sobre la misma mesa de la cocina lo que lleva de mensaje. En cuanto anota la última raya lo deja caer de nuevo. Punto. Otra vez. Raya. Y otra. Punto raya punto. Punto punto punto. Y raya.
Josué Hernández
lunes, 3 de noviembre de 2008

cosas de sueco

la estimación de los analistas acerca del galardón del año próximo da como virtual vencedor al sueco Jørgen Siløson, afamado y reputado biólogo que ha demostrado a través de un complejo y sacrificado experimento (con una estancia de 33 años en las playas del archipiélago de Mururoa) que el cangrejo nocturiensis, comúnmente llamado de concha oscura, camina hacia un lado diferente dependiendo del día de la semana. este hecho demuestra y aclara la oscilación planetaria y corrobora la fórmula matemática creada en Francia en el siglo XV por Eulogéne Ambers, en la que propone la diagonalización de la corteza terrestre. a partir de esta verificación y aplicación del concepto matemático del estudioso francés, la conjunción e interacción de las leyes físicas del espacio-tiempo por Siløson nos permiten entender la curva psicológica que actúa en el ser humano durante este periodo hebdomadario. "el cangrejo por tanto -según el profesor sueco- es el espejo de la fauna, dependiendo de los factores terrestres y de los factores temporales se desequilibra hacia la derecha o hacia la izquierda creando una serie de diagonales diarias. estas diagonales son los cambios en el ritmo de los seres vivos, concretamente de la especie humana. podemos hablar de un portavoz universal de lo inestable encarnado en este cangrejo". dentro de un año se confirmará si el galardón cae de un lado o del otro de la ciencia.

octavio pineda
domingo, 2 de noviembre de 2008

Texto


Nobel a tres físicos por desvelar las simetrías rotas de la naturaleza

La física de partículas elementales, que estudia los componentes más básicos del universo, se apunta este año otro Premio Nobel, que se suma a los muchos recibidos en un siglo. Tres científicos teóricos japoneses, Yoichiro Nambu (con nacionalidad estadounidense), Makoto Kobayashi y Toshihide Maskawa han sido elegidos por la Real Academia Sueca en reconocimiento a sus descubrimientos, en los años sesenta y setenta, de procesos fundamentales del funcionamiento del microscosmos, en concreto las rupturas de simetrías.

Esto permite entender, entre otras cosas, la pequeñísima asimetría entre materia y antimateria y, en consecuencia, por qué en el universo inicialmente simétrico sobrevivió un poquito más de materia que de antimateria y, por tanto, existe ahora todo lo que existe. La desproporción es ínfima (una partícula de más de materia por cada 10.000 millones de partículas de antimateria) pero suficiente para hacer estrellas y planetas y seres vivos. Hay que tener en cuenta que la materia y la antimateria se destruyen al tocarse, por lo que si el universo hubiera sido perfectamente simétrico en sus inicios, se habría autoaniquilado.

El ejemplo más clásico para explicar una simetría en la naturaleza y cómo se rompe es el del lápiz puesto verticalmente, que no apunta hacia ningún punto cardinal concreto, pero es inestable. En cuanto cae, se rompe la simetría, ya apunta hacia algún lado y no puede recuperar su estado anterior. Este mecanismo es esencial en el Modelo Estándar, la teoría que describe las partículas elementales y las fuerzas de interacción entre ellas.

Nambu (Instituto Enrico Fermi, Chicago), nacido en Tokio hace 87 años, introdujo el mecanismo de ruptura espontánea de la simetría en el contexto de la física de partículas. Kobayashi (Instituto Kek, en Tsukuba, Japón), de 64 años, y Maskawa, (Instituto de Física Teórica de Kioto), 68 años, propusieron el mecanismo de ruptura de la simetría entre materia y antimateria y predijeron la existencia de tres familias de quarks (seis partículas en total) en el Modelo Estándar -explica el comité Nobel-, familias cuya existencia se ha demostrado después experimentalmente. Nambu recibirá la mitad de la dotación del Nobel (un millón de euros en total) y sus dos colegas compartirán el otro 50%.

Fuente: El diario

Propone: A. León

 
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